Hemeroteca :: 23/08/2004
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TOROS

Corridas Generales de Bilbao

El torero enjaretó una vibrante faena sobre la base de la técnica, el mando e incluso el arte

Última actualización 23/08/2004@00:00:00 GMT+1
Ficha del festejo

Ganadería: Toros de Victorino Martín, desiguales de presencia y de juego. Escasos de fuerzas y ‘orientados’ los dos primeros; el tercero, una alimaña; mansos y con peligro, cuarto y sexto; y el quinto, el mejor, bravo y espectacular.

El Fundi: Estocada (ovación); y estocada y descabello (palmas).

El Cid: Estocada (ovación tras un aviso); y estocada (una oreja).

Fernando Robleño: Pinchazo y estocada (gran ovación); y estocada atravesada que escupe y dos descabellos (palmas de despedida).

La plaza registró menos de tres cuartos de entrada en tarde soleada.
Lo peor que podía pasarle a Victorino Martín es parecerse a los demás ganaderos, criando toros sin fuerzas ni raza, que restan la mínima emoción a la corrida. Así le ocurrió ayer en los dos primeros. Aunque en el fondo estos ‘victorinos’ escondían un algo que les diferenciaban también. Porque siendo remisos a embestir, con viajes cortos, se iban ‘orientando’. Terminaron por saber perfectamente dónde estaba el hombre y cómo se le podía echar mano.

Eso en los dos toros menos aparentes del encierro; hubo otro, el tercero que amagó también mucho, obligando al torero a un gran esfuerzo. Los más difíciles, cuarto y sexto, fueron lo que se dice auténticos ‘pregonaos’. La diferencia la marcó el quinto, un toro bravo que no perdonó errores, que exigió también mucho al torero, pero que fue muy agradecido cuando le hicieron las cosas bien.

Esos son los toros de Victorino: distintos y llamativos. En realidad solo hubo uno bueno de verdad, el quinto, pero más que suficiente para darle a Victorino el honor de salir triunfador de unas Corridas Generales en las que se ha echado mucho en falta el toro bravo.

Y con Victorino, hay un nombre también destacado, el de El Cid, que si bien no lució a ese toro quinto debidamente en el caballo, sin embargo, en la muleta aportó el cincuenta por ciento del gran espectáculo. Aunque hay que insistir en lo del tercio de varas, con el ‘victorino’ empujando fuerte, creciéndose en el castigo hasta levantar por tres veces el caballo, lo que se dice romaneando. Ahí estuvo fenomenal el piquero de turno, que consiguió hacerse con la situación. La pena que no pusieran al toro de largo para el segundo encuentro, pero aun así el toro cumplió otra vez de sobra.

El Cid no dudó en brindar a la concurrencia, prueba de que había adivinado las condiciones del toro y de que estaba dispuesto a jugársela. Y así fue. En el tanteo, el bravo le echó la cara arriba por el pitón derecho con tanta violencia que enseguida tuvo que cambiar de mano. El animal se venía al toque, pero dándose cuenta de que el hombre le engañaba, de modo que tuvo que hacer las series cortas, de dos, a lo sumo tres y el de pecho; y además en el remate montando la muleta para que pasara por el mismo pitón, el izquierdo.

Fueron cuatro tandas al natural de mucho ritmo y unidad, los pases ligados, por abajo y ganando las series en emoción. Faena a más con un estupendo e impensable corolario ya que El Cid cambió la muleta a la mano derecha como prueba irrefutable de que allí mandaba él. Las tres últimas series en redondo, cortas pero muy intensas, con el toro doblegado, fueron definitivas.

Faena por tanto de muy buena técnica, de mejor mando y con muchos atisbos artísticos, pues hay que resaltar también el regusto de El Cid en la interpretación. Todo muy despacio, limpio y muy sentido. Por eso no hubo discusión tras la estocada. El Cid paseó uno de los trofeos de más peso de esta feria. El toro anterior se quedaba corto y se paró pronto, de modo que El Cid, aunque estuvo templado, no terminó de entrar en profundidades.

El Fundi puso voluntad, aunque ninguno de sus dos toros servía para hacer el toreo. En banderillas anduvo fácil destacando el tercer par al cuarto.

Robleño le echó muchas agallas al complicado tercero, toro violento y que se paraba en el centro de las suertes. Hubo emoción por la actitud del torero y por el comportamiento de la fiera, tanto que de no haberse cruzado el pinchado antes de la estocada final hubiera tenido mejor reconocimiento. El sexto un toro incierto y muy violento. Escarbó mucho con la cara entre las manos, pero Robleño tuvo agallas para robarle pases, naturalmente tragándole una barbaridad.

Juan M. Núñez (Efe) / Bilbao
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