Hemeroteca :: 13/05/2004
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TOROS

Gran corrida del Puerto de San Lorenzo e inmensa faena de Antón Cortés

Última actualización 13/05/2004@00:00:00 GMT+1
Ficha del festejo

Ganadería: Cinco toros del Puerto de San Lorenzo, bien presentados y de buen juego, excepto el sexto. Destacaron tercero y cuarto. El segundo fue un sobrero del Conde de la Maza, un toro que se dejaba.

José Pacheco ‘El Califa’: estocada (ligera división al saludar, con más palmas que pitos); y pinchazo y media (silencio tras un aviso).

Eugenio de Mora: pinchazo a toro arrancado y estocada caída (silencio); y media (silencio).

Antón Cortés: cuatro pinchazos, estocada y descabello (ovación y saluda desde los medios); y pinchazos y tres descabellos (aviso y gran ovación en la despedida).

Cuadrillas: Fernando Telles saludó tras banderillear al primero, el segundo par soberbio.

La plaza registró algo más de tres cuartos de entrada en tarde lluviosa, con aguacero en la segunda parte del festejo.
El maleficio que perseguía a la Feria de San Isidro desde el principio se rompió ayer por la inmensidad de unos toros que llegaron del Puerto de San Lorenzo y la magia y el duende de un torerazo, el gitano Antón Cortés, que elevó el arte del toreo a la categoría de lo sublime en una faena emotiva, tensa, despaciosa, templada y llena de torería a un gran toro, el tercero de la tarde, del Puerto de San Lorenzo. La magia gitana y la bravura salmantina fueron de la mano en una tarde real.

Lorenzo Fraile, un ganadero que vive y sufre antes de una corrida, trajo a Madrid una corrida inmensa de la que, salvo Antón Cortés, ni El Califa ni menos aún Eugenio de Mora, estuvieron a la altura de tres buenos toros, primero, cuarto y quinto, ya que el segundo fue devuelto por Lamarca incomprensiblemente tras una nefasta lidia por parte de la cuadrilla de De Mora, y el sexto, el ‘garbanzo negro’ de la tarde, sin que fuera peor que otros que han salido en tardes anteriores.

Pero vayamos al tercero, ese toro bravo, noble, codicioso y entregado de Lorenzo Fraile al que Antón Cortés hizo una faena que rayaba lo sublime en cuanto que si el diestro albaceteño hubiera acertado con los aceros, le hubiera arrancado las dos orejas a peso de ley y de dinero, que es para lo que los toreros se juegan la vida.

Cortés, que cuidó extremadamente la lidia, ya en los inicios con la capa dejó destellos de que allí iba a ocurrir algo grande. Tres verónicas lentísimas y una media que hicieron saltar chispas en las palmas. En la muleta, Antón Cortés elevó a categoría de arte el temple, la despaciosidad, el deje sin ‘amaneramientos’ al rematar la faena. Cortés fue ese torero gitano que tanto se echa en falta, artista, cadencioso, valiente y poderoso. Tres series por el pitón derecho que se hacían infinitas, rematadas por unos pases de pecho ceñidos terminados siempre atrás. Por el pitón izquierdo, más de lo mismo, esa despaciosidad que hace bello el toreo. El público, entregado, satisfecho, batía palmas y esperaba, de una vez, dar las orejas. Pero hete ahí que llegan los aceros... y eso, por desgracia, es harina de otro costal. Lo que sonaba a faena grande, de las que hacen historia, se quedó en una atronadora ovación con el torero en los medios y las lágrimas casi a flor de piel.

Luego, en el sexto, el peor de la tarde, Cortés estuvo valiente, atrevido, con ganas de agradar y, al menos, cumplir, arrancó algunos muletazos sueltos de mano baja, pero el toro no correspondía al entusiasmo del torero. La espada, otra vez, ¡qué pena!
El Califa, en el primero, un toro que se dejaba, no estuvo a la altura del animal. El torero valenciano estuvo casi siempre fuera de ‘cacho’ y se dio cuenta del buen pitón derecho cuando la faena estaba casi al límite de los diez minutos.

En el cuarto, otro gran toro, el que fuera triunfador el año anterior, tampoco entendió la embestida del toro, y, al igual que en el primero, tardó en verlo, sobre todo por la derecha.

Respecto a Eugenio de Mora, nada nuevo, salvo la disposición, de la tarde anterior. La cuadrilla le echó a los corrales otro toro que sonaba a espectáculo. Le salió uno del Conde la Maza que se dejaba, pero tampoco pudo ni supo hilvanar una faena medianamente decente. En el quinto, un toro del Puerto de San Lorenzo que merecía otra faena distinta, De Mora tampoco anduvo fino y se marchó como vino, de vacío.

Luis Falcón / Madrid
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