OTRAS
Antonio Casado.
Última actualización 08/11/2003@00:00:00 GMT+1
La parte más puntillosa de la prensa nos deja recados en forma de pedradas contra Letizia. A saber: la inconveniencia de usar el blanco en la pedida sin reservarlo para la boda, pecar de marimandona ante los periodistas, ganarse un suspenso en protocolo, ponerse a la izquierda y no a la derecha –o al revés, ya no me acuerdo–, o interrumpir de forma desabrida al Príncipe de Asturias.
O sea, al novio, para qué vamos a darle vueltas. Si uno se abre paso en el almíbar que inunda los medios de comunicación, también encuentra elogios a la espontaneidad de Don Felipe y Doña Letizia –la ex chica del telediario– ante los 300 periodistas asistentes en el palacio de El Pardo a la petición de mano del jueves, que en realidad se había llevado a cabo minutos después en el palacio de La Zarzuela.
Me apunto al segundo grupo. El de quienes ponen en valor precisamente la frescura que conviene a dos jóvenes de su tiempo absolutamente conscientes del cruce que están protagonizando entre lo que nace y lo que se hace, entre la escolástica monarquista y el civilismo republicano. Aquéllos en la historia y éstos en la biografía de Don Juan Carlos, el Rey envuelto en un abrigo constitucional que le llega hasta los pies. Ahí estamos.
«Un príncipe se declara como cualquier hombre que ama a una mujer», nos explicó Letizia Ortiz. No había descubierto el Mediterráneo, pero se sintió en la obligación de dejarlo claro. Pues naturalmente. ¿Alguien pensó que debía haberlo hecho por correo real, en letras doradas y papel de alto gramaje decorado con el escudo de la familia?
Seguramente eso les gustaría a quienes en estos momentos lloran por las esquinas la irrupción en la Casa del Rey de una plebeya. ‘Que se jodan’, ha escrito alguien desde el encabezamiento de un acertadísimo artículo en un diario de Madrid. Pues eso.
Ni que Letizia Ortiz fuese la avanzadilla de un golpe de mano para cargarse la Monarquía. Ni que don Felipe fuera un eslabón débil en la cadena de la dinastía borbónica por donde puede entrar la carcoma en el futuro de la Corona. Nada de eso se corresponde con la realidad.
Personalmente creo que los vínculos del amor, el mérito y la complicidad entre los futuros esposos, son mejor cimiento para la continuidad de la Corona que ciertos códigos de conducta inspirados en lealtades añejas y apolillados manuales cuyo timbre de gloria reside en la estirpe de un individuo y no en su biografía.