OPINIÓN
Última actualización 09/02/2010@23:49:05 GMT+1
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Ala generación que hizo de mayo del 68 una especie de obelisco de identificación ideológica, pero que además se atragantó de pipas y se alimentó de celuloide, se le van muriendo los mitos. Acabamos de decir el último adiós a una grande del cine: Jean Simmons. Formó parte del elenco de actrices con nombre propio en el carrusel fantástico del séptimo arte, fue más que una palabra en la indescifrable fortuna de una pantalla cinematográfica.
Tiene una amplia filmografía. Los críticos han dado cuenta de ella en los obligados obituarios. Pero éste que escribe, no más allá de simple aficionado, almacena en su “recuerdo” tres dimensiones de esta mujer, con profunda huella en mi espíritu, al creer con firmeza que son pura semántica vital. Quiero recordar tres universos de ilimitada temporalidad.
Otto Preminger enfrentó a Jean Simmons con Robert Mitchum en Cara de Ángel, y en tanto éste crea un estólido y algo paranoico personaje, aquélla, con evidente faz angelical, engendra una sombría e implacable poesía de la soledad que aboca a la locura. En esta película, una de las esencias del cine negro, Jean Simmons da vida a una criminal, en la única película “negra” en la que una mujer es responsable directa de un asesinato, y no la inductora de los comportamientos criminales de los hombres que le rodean. Jean Simmons es el absurdo de la mente, precipitada al vacío, enfrentada a un Robert Mitchum que es el absurdo del hombre víctima por ubicarse en el lugar que la vida no le había reservado. En “una atmósfera de ritos fatídicos” –palabras Javier Comas– Jean Simmons es el pathos oscilando entre la ¿inocencia? y la perversidad. Uno, en sueños, recuerda “cara de ángel” versus distorsión del alma humana.
Burt Lancaster, en el papel de un atractivo y seductor, aunque fracasado, viajante, cuyo leiv motiv es “el amor es el lucero del alba y la estrella vespertina”, consiguió el oscar al mejor actor por El fuego y la palabra (1960), película en la que Jean Simmons (casada con el director del filme Richard Brooks) da vida a una pastor evangelista, víctima paritaria del amor y el fanatismo religioso. Él, un vitalista, ella, una visionaria. La visionaria, en este film apasionante en el que Jean Simmons está bellísima, muere carbonizada al arder su tabernáculo religioso, en una maquiavélica irrupción del infierno en las intenciones divinas. En la película, de un fascinante color –con estética de cine negro– la evangelista Jean Simmons compone un personaje que invita a la reflexión, entre la metáfora y la realidad, sobre los excesos en la religión. No obstante, me quedo para almacenarlos en mi colección de momentos prodigiosos del cine, las secuencias, planos y fotogramas que reflejan, en la belleza de esta actriz, la ingenuidad del amor que hace creer que la vida tiene sentido en sí misma. A veces es un craso error. Sharon (Jean Simmons) pagó ese error con la muerte.
Kubrick, director respetado, querido y venerado de mi hijo Carlos, es autor de difícil definición. Me quedo, de su filmografía, sin desprecio del resto de su obra –por otra parte genial–, con Senderos de gloria y Espartaco. En ésta, Jean Simmons da vida a Varinia, la esposa del protagonista, un Kirk Douglas en la cima de su gloria. Jean Simmons –fascinante– compone un personaje vigoroso, nada frágil –en el menudo y seductor cuerpo de la actriz–, capaz de soportar las más difíciles pruebas. La mirada de Varinia –en las postrimerías del film- a su marido crucificado, enamoró a este cinéfilo empedernido que soy. Una mirada serena, profunda, sensible, posiblemente una de las más memorables declaraciones de amor de la historia del séptimo arte. Una mirada para el recuerdo, ése que, como dije al principio, alimentó los sueños de una generación de la que, por suerte ¡qué carajo!, formó parte y alimenta mi ego particular. Tampoco, creo, lo hicimos tan mal.
El adiós a Jean Simmons me recuerda, no que sea viejo, sino que inevitablemente cumplo años.