LA GLORIETA
AL PITÓN CONTRARIO MARIO JUÁREZ RESPONSABLE DE la SECCIÓN TAURINA DE TRIBUNA DE SALAMANCA
Última actualización 20/11/2009@22:59:49 GMT+1
Prometo que en el equipo hemos debatido sobre ello. Seriamente, con pros y contras. Tiene guasa la cosa, que por encima de figuras, algunas de las últimas conversaciones en el equipo hayan sido sobre un chaval de once años. Pero ha pasado.
Ayer fue el Día Mundial de la Infancia y, quizá por eso, se me viene a la cabeza la imagen de Michelito apalizado por un novillo abecerrado en Lima. Se me vienen a la cabeza pensamientos acerca de lo que hacemos con un simple niño. Reflexiones de lo que el propio sistema es capaz de hacer con la cantera.
De siempre han existido los niños toreros. Lo fue Ponce, cuando saltó a la palestra en el festival del Monte Picayo con diez años. Lo fue El Juli, cuando con la misma edad se hizo presente en las cámaras del Plus en un ciclo de novilladas de Chinchón. Los dos fueron casos excepcionales, de auténticos genios precoces, que dieron la sensación de matadores de toros.
Sin embargo, las imágenes de Michelito a merced de los novillos, sus lágrimas de impotencia y, según me cuentan varios testigos, la llegada al hotel dormido en brazos de su madre, deben hacernos reflexionar hacia dónde estamos llevando el toreo.
La diferencia con los casos de Ponce y Juli es que los dos se midieron por vez primera ante los utreros con más años, y entre el debut en público y sus primeras apariciones y su consolidación en las plazas de toros pasó un largo proceso de entrenamiento y maduración que no ha tenido el francés.
Cierto es que los niños torero siempre han tenido su encanto para quien los ve desde el tendido. Pero no termino de ver claro si lo de Michelito es afición del chaval o más la ilusión de un padre retirado de la profesión, querido en Francia pero que no llegó a figura.
Es más que probable que ése sea el quid de la cuestión, el verdadero latido de fondo de la historia. Un padre que desea ver reflejados en su hijo aquellos anhelos de lo que pudo haber sido y se quedó en el camino. Lo cual es, irremediablemente, mucho más triste.
Estoy convendido de que un niño de diez u once años debe estar más preocupado por jugar con sus compañeros de clase, seguir a su equipo de fútbol o ver la tele, que por plantearse su futuro y decidir seriamente si quire jugarse los muslos.
También estoy seguro de que Michelito disfruta haciendo lo que hace. Pero visto desde fuera, si fuese mi hijo me gustaría que torease por diversión, por afición, nunca por necesidad y mucho menos por dinero.
Viendo las imágenes del niño torero a merced de un casi becerro, el tema da mucho que pensar. No creo que no tenga condiciones, ni siquiera valor, ni siquiera afición. Pero, sinceramente, creo que es algo que debe verse con el tiempo, cuando de verdad el chaval pueda tomar conciencia de los riesgos que entraña esta profesión.
Antes de pensar en el chaval como la gallina de los huevos de oro, deberían hacerlo como un proyecto de futuro, que puede ser pero que necesita una madurez, un poso y un rodaje necesario para ello. Dice el refrán que no por mucho madrugar amanece más temprano, y es más que probable que en el toreo ocurra igual. Incluso aunque dejen acercarse a los niños.