OPINIÓN
Luke, igual sí que soy tu padre
Última actualización 07/08/2009@22:50:07 GMT+1
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Luke, soy tu padre”. Bueno, en realidad no lo era pero a muchos nos hubiera gustado que lo fuera. Y es que a George Lucas se le ocurrió esa gran idea en el momento justo, en el preciso instante, en el lugar correcto. Porque todos queríamos ser Darth Vader, o como mucho, Han Solo. Sólo los niños pop y futuros íncubos del gafapastismo preferían ser Luke. Cuenta la leyenda freak que en realidad el texto era otro, que el actor de Darth Vader dentro del disfraz recitaba otras palabras, pero que Lucas, en el doblaje con James Earl Jones, le dijo que cambiara y metiera esa morcilla. Brutal. Sobre todo el convincente grito de horror de Mark Hamill. El eterno adolescente acomplejado de Lucas tuvo una idea en su vida y ha hecho bien en estirarla, pero él mismo no es consciente de que aquel día de 1976, durante el rodaje, cuando se le ocurrió la frasecita, estaba dando pie a algo mucho mayor. Por supuesto habrá mucha gente que asegure que vio Star Wars y se quedó fría. Pero da igual, porque no tienen un sillón en un despacho de las productoras y multinacionales del entretenimiento. Y es que los freaks siempre estudiaron más y son como una QuintaColumna silenciosa.
El efecto es que una generación entera (¿recuerdan, la 8.0 que se educó con la TV?) tuvo con apenas unos cuantos años de edad su primer episodio freudiano en su versión más cruel posible. Resulta que el tipo que te quiere matar y que te acaba de cortar una mano, que está a punto de tirarte al vacío, es tu padre perdido… A partir de ahí nació lo que los gurús estilo Bill Gates llamaron ‘Freakland’.
Lucas acababa de crear un mito del que han bebido miles, quizás millones de mentes enganchadas a cualquier cosa que no sea huir despavoridas de una realidad en la que existen cosas como la crisis mundial, el Euríbor, las hipotecas, el fracaso, la crueldad y una señora con la boca más grande que un buzón de correos llamada Cospedal.
Porque por mucho que les pese, la tradición artística convencional del siglo XX se extingue a marchas forzadas bajo el peso de fenómenos como el Comic Con de San Diego, uno de esos encuentros multitudinarios de la ‘Freakland’ que tiene peso como para obligar a medio Hollywood a levantarse de la hamaca para que les vean por allí. El resultado es una situación que va mucho más allá de lo económico.
El pasado siglo fue el escenario de una lucha todavía más grande, de una revolución de largo alcance que sólo ahora empieza a trascender. Toda la tradición europea y americana, acumulada por casi tres siglos de evolución desde el Renacimiento, murió en las trincheras de Verdún; la crisis de Europa creó las vanguardias de los años 20 y 30, los famosos ‘ismos’ que le dieron la vuelta al arte como a un calcetín. Fueron apenas 20 años, pero ahí se fraguó todo lo que vendría después. La Segunda Guerra Mundial mató a Europa y le pasó el cetro a EEUU, que no dudó en recoger y aplicar las nuevas ideas y al mismo tiempo crear el sistema de grandes estudios de cine que coparía el mundo audiovisual hasta hoy mismo. Después llegó la segunda andanada, cuando en los años 50 y 60 apareció la Generación Beat, el arte pop, la explosión de la fotografía y el diseño, la televisión para las masas, la ciencia-ficción audiovisual y la cascada de géneros musicales surgidos del ‘rhythm N blues’ americano que harían mucho por transformar nuestros valores culturales (el rock, el pop, el hip-hop).
Aquel día perdido de finales de los 70, en la cabeza de George Lucas, brotó la guinda del pastel que hoy nos comemos todos, el mismo que lo ocupa todo y que está arrinconando a géneros y formatos artísticos que hasta hoy eran casi cuestión nacional. Un conocido crítico americano, en una web adherida a la ‘Freakland’ virtual, comentaba que hace no mucho hubo otro de esos momentos únicos: esta vez fue Peter Jackson y su adaptación de El Señor de los Anillos. Pero de eso ya hablaremos otro día, cuando papá Vader cumpla su promesa y me traiga la cabeza de Cospedal... Ya saben por qué lo digo.