OPINIÓN
El valor de Man Ray
Última actualización 10/07/2009@23:21:06 GMT+1
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Si tuvieran ustedes ‘X’ millones de euros y tuvieran que apostar entre conseguir algo bueno, y por lo tanto escaso, o varias medianías que son más fáciles de lograr, qué harían? Hay un viejo dicho que asegura que es mejor poco bueno que mucho malo. Es una forma de conseguir mayores impactos en los medios de comunicación, porque llenar cada día con algo, aunque no dé el nivel de calidad mínimo para ser interesante, acaba por crear un pasotismo en el público que ahora mismo padece Salamanca.
Lo poco bueno, si además marca la diferencia, termina por romper la tendencia al pesimismo que existe hoy en la ciudad respecto a la cultura. Que, por cierto, sí que es industria y sí que es rentable económicamente, pero para eso hay que montárselo bien y usar la cabeza, tener un plan a largo plazo u optar, como hace Caja Duero, por dejar miguitas en el camino. Marcar la diferencia, hacer algo que no entra en lo normal, suele terminar por crear un nicho propio.
En dos años la Sala Caja Duero, ya reformada, ha tirado por lo obvio en lugar de lo fácil: más vale buscarse las castañas para conseguir traer 200 piezas de Man Ray que no volver a organizar una exposición sobre algún creador local. Es de agradecer que la Casa Lis y Caja Duero se empeñen en no caer en el truco fácil de contentar a los paisanos de siempre, que no suelen tener mucha afición al esfuerzo cultural. Si piensas en grande, consigues grandes cosas. Si piensas en tu vecino terminas por ser muy pequeño. Sí, los salmantinos están ya acostumbrados a tener agenda cultural estable, pero quizás no se les ha desarrollado el gusto lo suficiente como para empezar a separar el grano de la paja. Lo que ahora mismo atesora la Sala Caja Duero vale tanto, lo sentimos, como todo el palacio de la Casa de las Conchas (rotas o enteras); porque Man Ray es el ejemplo de esa diferencia que marca la línea de por dónde deben ir las cosas.
Si, como dijo hace poco el concejal de Cultura, Julio López, quieren concentrar en el fin de semana la oferta cultural y compartir gastos con otras instituciones, ¿por qué no usan las grandes salas públicas para traer algo más grande todavía? No hay que olvidar que, mosqueos aparte, fue Caja Duero la que consiguió traer la exposición itinerante del Museo del Prado, la que acogió los objetos de vidrio de la Casa Lis, la que tuvo la exposición sobre Pompeya y Herculano… y así una larga lista de aciertos que deberían haber sido más apreciados por los salmantinos. Pero la de Man Ray tiene también otra importancia específica: es la primera vez que se puede ver, en conjunto, la obra de uno de los auténticos padres de la modernidad artística.
Un visitante conocido, al pasear por sus salas, dijo en voz alta algo muy revelador: “Tengo la sensación de haber visto esto antes en algún lado…”. Justo eso es Man Ray: inspirador, motor, pionero, el forjador de un camino cultural en el que la experimentación, la vanguardia y la falta de escrúpulos a la hora de mestizar elementos se convirtieron en el santo y seña del arte. Así de sencillo: fue el primero, una especie de Goya del siglo XX que marcó las líneas de diseño casi tres décadas antes que el resto. Sus fotografías manipuladas con su modelo y amante Kiki de Montparnasse son ya patrimonio visual del mundo, y un mapa de carreteras para gran parte de la publicidad actual.
Creó su propio estilo, una marca de fábrica que derivaría en el dadaísmo, el surrealismo (al que tocó de refilón y lo enriqueció) y que luego tuvo el trabajo, ingrato, de ser vanguardista cultural en el país más libre pero al mismo tiempo más zoquete intelectualmente del mundo: Estados Unidos. La gran patria del jazz es también la nación que más desprecio siente por la inteligencia, demasiado escorada a la derecha como para asumir que la cultura y el conocimiento siempre rompen los límites y las convenciones. De ahí que todos los grandes artistas de la Historia, como Man Ray, fueran totalmente opuestos al rancio conservadurismo. Man Ray es pura vitalidad. Y gratis para nosotros.