Hemeroteca :: 04/07/2009
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OPINIÓN

Ciao, Jacko

Última actualización 03/07/2009@22:41:33 GMT+1
Ya está. La historia ya consiguió cargarse a la última estrella que quedaba: Michael Jackson. Reconozco que nunca me terminó de gustar su música, quizás demasiado blanda, acostumbrado como estoy a encadenar una banda de rock detrás de otra en mis oídos. Algo deben de tener los Rolling Stones, Bob Dylan y U2 para que sus gorgoritos roncos mezclados con tabaco y alcohol (cuando no otras cosas peores) me estimulen más que este pobre rey destronado que ha muerto demasiado pronto, de forma muy extraña y dejando tras de sí una legión de fans llorosos.

El tiempo parece haber tratado mejor a un bala perdida como Keith Richards que al pobre Jacko; una mañana, colgado, vio una luz en lo alto de un cocotero y decidió subirlo a ver qué era. Del tortazo que se dio tuvo que operarse y anular varios conciertos. Alguna razón debe haber. Quizás realmente los Stones vendieron su alma al diablo y por eso son abuelos achacosos que dan conciertos por todo el mundo, a veces mucho mejores que los de las bandas de imberbes que hacen música como si fueran monos imitadores. AJacko nunca le dejaron hacer ese tipo de cafradas: su ingenuidad y perdición psicológica quizás le llevaron a hacer cosas que no debía, y la factura fue una adicción a los calmantes que ahora parece haber pasado a cobrar su parte. Justo en la cuesta abajo de su vida.

La leyenda no escrita de la música asegura que América tuvo tres voces en el siglo XX: Frank Sinatra, Elvis Presley y Michael Jackson. Las tres han muerto y las tres dejaron una huella imborrable en todo el mundo. Todos hemos tarareado alguna vez ‘My way’, ‘I’ve got you under my skin’, ‘Fly me to the moon’ o ‘New York, New York’. También ‘Love me tender’, ‘Hound dog’ o ‘I can’t help falling in love with you’. Pero también ‘Billy Jean’, ‘Thriller’, ‘Dirty Diana’ o ‘Human nature’. Han sido tres grandes cantantes, quizás no tan buenos músicos, pero su fama y fortuna ensombreció a otros que todavía siguen vivos pero que sólo verán recompensada por las grandes masas su labor al final del camino (Prince, Neil Young, Bob Dylan…). Ahora son esos cómodos “mitos vivos” que la gente venera pero no escucha.

Sinatra quedó encasillado desde el principio y fue lo suficientemente listo como para crear un nicho cultural en el que era el número 1: así fue como se convirtió en una leyenda que además tuvo la elegancia de morir de viejo y ahorrarnos el lamentable espectáculo social de Elvis. Éste, convertido ya en un icono de lo kistch en sus últimos años de vida, murió sentado en su baño por un colapso a causa de las pastillas que tomaba, destrozado por dentro, por fuera y en el alma después de haber sido la voz del rock blanco.

A Jacko le ha pasado algo parecido: es muy posible, viendo los vídeos de su último ensayo, 48 horas antes de su muerte, que a algún cabrito cercano se le fuera la mano con la dosis de calmantes y lo ha mandado al otro lado. Una voz que se apaga, que forjó seguidores desde la cuna. Esos años son una época en la que, sin la experiencia de la madurez, lo que gusta y asombra se convierte en parte de nuestra vida. Por eso cuando muere un mito de la infancia es como si arrancaran un pedazo de nosotros mismos, hay una sensación de abatimiento y vacío que no se cura salvo con algo de tiempo.

Lo peor de todo es que los buitres ya vuelan en círculos alrededor de sus archivos, canciones legendarias, las canciones escritas pero nunca grabadas, los derechos discográficos, los vídeos de sus conciertos que nunca se han publicado y que ahora podrían alcanzar ventas astronómicas… Prepárense para la Madre de todas las Recopilaciones de aquí a dos años. La necrofilia siempre ha vendido millones, y si no que se lo digan a James Brown, que a los dos meses de morir aumentó las ventas como nunca en su vida. Jacko ha vuelto a ser estrella, pero después de muerto. Fuera bueno o malo, con todos sus errores, descanse en paz. Pero en paz de verdad, no como ahora.
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