Hemeroteca :: 28/05/2009
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OPINIÓN
Última actualización 27/05/2009@22:51:51 GMT+1
La ley de la piqueta, implacable, ha pegado dentelladas en la estructura del TeatroBretón y también en el corazón de los salmantinos, aún sin cicatrizar –por mucho que se alce ya una nueva edificación–, la desaparición del Gran Hotel, aquel edificio emblemático que convertía su barra en una plaza de tientas, aceitunas y riojas los días de feria, donde alternaba lo más granado del toro salmantino a la hora del vermú, con el runrún de la tarde ya en la boca y el recuerdo de la tarde anterior cosido a la lengua.

Mucho más allá de donde alcanza la memoria, el solar del Bretón fue cuna y cimiento del teatro en Salamanca. Allí, a finales del siglo XVI, surge, sobre los terrenos del antiguo Hospital de la Santísima Trinidad, el primer corral o patio de comedias.

No es difícil imaginar la algarabía de aquel primer teatro ubicado junto al Arco de la Lapa en la ciudad ilustrada y universitaria, donde el verso acampaba por cada rincón, donde los pícaros se daban la mano con los sabios, y los santurrones se hacían cruces con los estudiantes crápulas que tarde o temprano estampaban su vítor en sangre de toro sobre la piedra dorada.

No es difícil imaginar las voces, los ecos de los actores y de los poetas malditos haciendo verdad el milagro del teatro ante una Salamanca que iba cincelando sus monumentos con entremeses, comedias y sainetes.

Sólo por eso, el Bretón era un templo no catalogado que supo mantener su función a lo largo de los siglos, aunque donde hubo corral se alzase después un patio de butacas y del bullicio jaranero de los estrenos en vivo se pasase a la oscuridad del primer beso en pase de cinemascope, tarde de domingo.

Es paradógico que cuando Salamanca está en puertas de inaugurar su Festival de las Artes, cuando se asoman a los balcones y miradores hombres y mujeres de escaparate y presencia rosada, el mordisco de la pala haya triturado un pedazo de la historia de la cultura en la ciudad de la cultura.

Claro está que no son las leyes del corazón, ni las de la memoria, las que cotizan en bolsa, las que especulan con los metros, las que miden en dinero el valor de las cosas. Quizá por ello, debieran ser las propias leyes las que regulasen estos vacíos, para que edificios singulares, aunque sólo sea por su historia y por lo que representan, gozasen de una protección especial sin necesidad de ser declarados Bien de Interés Cultural.

No sé si ha sido la codicia de los hombres, o la desidia, o un poco de todo y de nada, la que llevó a la grúa a posarse como una cruz sobre una sepultura al mismo pie del viejo teatro, el teatro de los pobres, el cine de los domingos, el primer beso.

Salamanca pierde así la memoria de un corral de comedias, tablas que no se han de volver a pisar, devorado por la falta de sensibilidad de unas leyes que no se redactan con latidos, sino a golpe de ladrillo y euros. Sólo cabe preguntarse a dónde irán los besos.
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  • ANA PEDRERO / A LO LLANO: A dónde irán los besos

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    10648 | Esteban Linares - 28/05/2009 @ 18:44:47 (GMT+1)
    No nací en Salamanca, pero estudié medicina allí, por cuatro años y me casé con una salmantina. Si a mi me duele(y mucho) el derribo del Gran Hotel y lo que han hecho con el Teatro Breton, no me es difícil entender como se sentirá un salmantino. Menos mal, que los besos, no mueren.
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