OPINIÓN
Última actualización 23/05/2009@23:23:13 GMT+1
Salamanca se ha convertido por unos días en la capital de la magia. Las viejas piedras se han sorprendido con las habilidades que nos devuelven a la infancia. Porque los magos tienen ese poder; porque los magos nos transportan a la mirada limpia de la niñez, a la ilusión intacta.
Vivimos en una sociedad con los pies tan pegados al suelo que a veces olvidamos que la magia es como el aire: necesaria para vivir. Necesaria para saltar de la cama cada día, abrir las ventanas y bañar de luz las habitaciones de la casa.
Necesitamos magia en el día a día. Necesitamos la magia eterna de Benedetti en los versos que musitan todos los enamorados del mundo cada vez que se aman. Necesitamos la magia de Morante en los ruedos, escribiendo en poesía los renglones torcidos de la tauromaquia, tan lineales, tan de oficio, tan de gris y tedio. Necesitamos la magia de los niños riendo en el parque, la magia de los campos despuntando en verde como si fuese la primera vez que descubrimos la primaverz.
Necesitamos la magia de las piedras doradas cuando se encienden de noches, la magia que susurra el Tormes bajo los puentes, cuando se empapa del reflejo orgulloso de las catedrales. La magia de las tormentas y del olor a tierra mojada. Necesitamos la magia del abrazo del amigo, la magia de las sábanas encendidas en deseo, la magia de un nombre escondido en los recovecos del alma. Necesitamos la magia del silencio, la magia del beso, la magia de la caricia. La magia de la magia.
Vivimos constantemente reclamando magos en el tablero político, magos en el tablero económico, magos que pinten de futuro cada casa de cada pueblo, cada puerta, cada ventana. Vivimos constantemente reclamando magos de lo imposible, magos cuyos trucos de oficio descubrimos a la primera de cambio, resquebrajando los sueños, que son también magia.
Quizá por eso se nos olvide la auténtica magia, que no tiene fecha de caducidad, que no se reduce a un programa de un puñado de días que pintan la tierra del color del cielo, porque se ríen los niños, porque volvemos a ser niños.
Necesitamos la magia de cada instante, como si fuese el último; la magia silente de la mirada que no necesita palabras; la magia de la palabra que no necesita ojos. Necesitamos la magia porque es como el agua, que todo lo purifica. Porque es como el fuego, que todo lo alumbra. Porque es como el pan y la sal, aunque reneguemos de la magia desde el mismo instante en que nos consideramos maduros.
Necesitamos la magia, necesitamos creer. Tal vez eso, creer, sea la magia en estado puro.