OPINIÓN
Última actualización 26/03/2009@23:27:13 GMT+1
Hace varios días me refería a los encastes de los bancos, tras analizar que muchos de los grandes son fruto de un montón de fusiones. A raíz de ello resulta que mucha gente me ha dicho que refleje historias banqueras charras del siglo XX.
Para comenzar lo primero que llama la atención es que la banca charra nunca tuvo buen final. Es más, el nombre de esta tierra siempre fue gafe para ese gremio, como se reflejó que cuando alguna entidad anunciaba el nombre de Salamanca, su final, generalmente, era triste y polémico, cuando no fraudulento.
Por ejemplo, aún queda gente que recuerda la banca de don Matías Blanco Cobaleda, de desastroso final, como refleja magistralmente Isabel Muñoz en su preciosa novela El cielo de Salamanca, sobre todo porque en aquella sociedad charra en la que don Matías se quitó la vida, los ricos siempre morían piadosamente y en paz con Dios, aunque después con el tiempo se conocieron las páginas oscuras.
La banca de don Matías estaba situada en un palacete de la plaza de Los Bandos, en el lugar en el que, actualmente, se levanta el edificio del Banco de Castilla. Bueno, lo de Castilla hasta hace poco, porque ahora ya es Banco Popular, o sea catalán, con lo que se perdió la penúltima entidad bancaria local. Precisamente la demolición de aquel palacete fue otro atentado urbanístico producido en la ciudad, porque se destruyó un edificio precioso para especular sobre su solar y levantar una aberración. En 1957, cuando llegó la ruina, la banca de don Matías pasó a denominarse Banco de Salamanca, nombre con el que permaneció unos años hasta que ya adquirió su definitiva denominación de Banco de Castilla. Curiosamente, uno de los resquicios que queda de él se encuentra en Zamora, en la azotea de un edificio situado en la esquina de la calle Santa Clara, donde se observa un letrero en el que se lee ‘Banco de Salamanca’.
En Salamanca germinó también el Banco Coca, otra importante entidad monetaria de implantación nacional que permaneció activa hasta 1978, cuando lo absorbió Banesto después de entrar en barrena con un montón de fraudes, estafas, que lo convirtieron en escándalo nacional. Hoy del Banco Coca solamente queda la familia, con posesiones en la provincia, como también la vieja sede de la calle Toro, la misma que muchos salmantinos siguen diciendo: “mira, ahí estaba el Banco Coca”.
También había otros más modestos. Como la banca que tenía en Fuentes de Béjar don Leandro Cascón, un próspero empresario lanero que era máximo accionista de García y Cascón. Además, un signo evidente de su poder es que, en los mejores tiempos llegó a tener a más de 1.600 trabajadores asalariados, por lo que Girón de Velasco (aquel ministro de Valladolid que, nada más acabar la guerra, finalizó la carrera de Derecho con la pistola encima del pupitre) le distinguió, en 1947, con la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo. Curiosamente, don Leandro saltó a la fama cuando ya llevaba varias décadas muerto. Fue a raíz de que el hijo de una sobrina de su mujer suya manifestara que era su hijo legítimo, por lo que exigía su legado como heredero universal gracias a que el empresario no tenía descendencia. Además alegaba que en Suiza había cuentas por valor de ¡10.000 millones de las pesetas!
La banca de don Leandro no fue la única que hubo por la zona. No, porque entonces también funcionaba, coincidiendo con el esplendor de la industria textil, el Banco de Béjar, también desaparecido cuando pasó a las manos del segoviano, Nicomedes García Gómez, natural del pueblo de Valverde de Majano y quien pasó a la historia, entre otras actividades, por ser el fundador las destilerías Dyc. El encaste de aquel Banco hoy habría que buscarlo en el Banco Atlántico, porque don Nicomedes lo vendió a Rumasa.
Y todo ello llega cuando está cercana la aberración de perder Caja Duero, la superviviente de la vieja corona de la banca local. Por esa razón, vaya este artículo para dar gusto a la fidelidad de los lectores sobre un gremio que en nuestra tierra fue tan poco afortunado.