Hemeroteca :: 20/02/2009
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REFLEJOS

El pueblo que canta, de Falla al barrio de la Viña

Última actualización 19/02/2009@23:21:03 GMT+1
Decir que Cádiz es el pueblo que canta por febrero es resumir la magia de la Tacita en unas palabras. Durante más de un mes –el Carnaval de Cádiz es el más largo del mundo– la Gades fenicia se transforma y perpetúa una tradición que es la esencia misma de la ciudad.

Desde el teatro Falla hasta el barrio de la Viña, los gaditanos derrochan su arte. Primero, en ‘la casa de ladrillos colorados’, por donde pasan cerca de doscientas agrupaciones. Son las ‘legales’, porque pisan las tablas del Falla. Allí se sucede la magia de la mano y las gargantas de los coros, comparsas, chirigotas y cuartetos, que son las modalidades que compiten sobre el escenario y que están sometidos a las estrictas normas que rigen el Carnaval.

Antes, las calles han acogido las populares ‘erizá’, la ‘pestiñá’ y la ‘ostioná’, que son el pistoletazo de salida del mes en el que cada noche se disparan las gargantas y el teatro Falla estalla en palmas por bulería, mientras María la Yerbabuena anima a las agrupaciones desde el ‘paraíso’ con su popular ‘Ole, ole y ole, y al que no diga tres oles, se le seque la yerbabuena’. Casi ná.

Muchos meses antes, cuando empieza septiembre, las agrupaciones comienzan sus ensayos en las distintas peñas carnavalescas. Cada año renuevan su repertorio, tanto en letras, como en música y ‘tipo’, que así se llama a su indumentaria.

Precisamente hoy, viernes, tiene lugar en el Falla la gran final. Una fiesta de música, pasión, sentimiento, arte e ingenio que se desparraman por el teatro y que dura diez horas. Acceder al teatro es un lujo y un privilegio no sólo la noche de la final (donde se sortean las entradas), sino en las semifinales, cuando a las puertas del Falla se forman colas de hasta dieciséis horas para conseguir una entrada, mientras los reventas hacen el agosto en febrero por las calles aledañas.

Después, cae el telón. Y Cádiz se transforma con sus tablaos y escenarios en la calle. Con sus carruseles de coros por la plaza del Mercado y las calles de la Viña, el barrio marinero que aprendió a espantar sus penas cantando al tres por cuatro sus pasodobles y cuplés de Carnaval. Ese tres por cuatro que es el pulso, el latido de la ciudad que no duerme.

La ciudad que espera el amanecer por La Viña, escuchando a las ‘ilegales’, las agrupaciones más desvergonzadas, que son el espíritu de Cádiz en estado puro. A un lado, la iglesia de La Palma. Cerca, muy cerca, La Caleta con su arena rubia y sus olas atlánticas. En lo alto, la luna de febrero. Y en el suelo, el cielo de Cádiz, deslumbrando siempre.
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