OPINIÓN
Última actualización 04/02/2009@23:17:43 GMT+1
Vivimos días de Águedas y manteos, de sayas bordadas y mantones de colores que festejan a la santita que enciende de pólvora, cera y devociones las calles de lava de Catania, la novia negra de Sicilia, mientras en estas tierras del oeste la bullanga de las mujeres celebra la alegría de ser, de sentirnos hembras de mando.
Hoy estarán volteando las campanas de la iglesia de San Lázaro, ahí al ladito, en mi Zamora, mientras mis hermanas sacan en procesión a la santita protectora de los pechos y, por ende, de todo lo femenino, de este universo de puertas adentro que llevabos en el vientre. También hoy esta ciudad del Tormes y todos los pueblos revientan de alegría y cánticos, mientras las mujeres sacan de sus baúles las galas tradicionales y las alhajas, para vestir las calles con zapato de media suela y media de lana, camisa de hilo, horquillas de filigrana, pendientes de aljófar y puños de seda, mientras las fachadas y las piedras beben de la música de la gaita y el tamboril.
Así es, así ha sido por los siglos de los siglos. El día de Santa Águeda es la fiesta de las mujeres. Recuerdo ahora a la señora Romana o a María la Roja, auténticas enciclopedias con el saber de la vida redactado sobre la piel, contarnos cómo hace unos años vestir las galas en el día de la santita era un acto de rebeldía social. Ellas, que ya no están, pertenecían a la época de ‘la mujer en casa con la pata quebrada’. Ellas, que ya no están, fueron mujeres de posguerra que sacaron con uñas y dientes a sus hijos adelante.
Ellas, que ya no están, se las apañaban para estirar la ‘miaja’ y poder hacer mercado una semana en tiempos de racionamiento y miseria. Ellas, que ya no están, cambiaban los mantones de seda por toquillas de lana, pero nunca dejaron de sacar a la santa por las calles del barrio, que miraba hacia otro lado porque no eran harina del mismo costal, que eran ‘correndonas’ y ‘candongas’ de cántico y pandereta, que no llevaban al marido al baile, en un tiempo en que el ‘ordeno y mando’ imperaba en las casas, y la ley del silencio era la ley del amor. Esclava te doy; esclava y sierva.
Por eso cuando llega febrero y saco de su arcón las ropas de paño, lentejuela y sedón, siento que ellas están aquí. Que no se ha acabado su testimonio, la pequeña revolución en las ciudades provincianas y los pueblos pequeños. Que sigue siendo necesario elevar la voz, aunque sea cantando, por aquellas que ya no tienen voz, por aquellas cuyas gargantas se quebraron en manos de su compañero y verdugo
Por eso, cuando me aprieto el mantón en la cintura, pienso en aquellas mujeres que sostuvieron en sus hombros no sólo la tradición, sino la dignidad de todas las mujeres, porque supieron llevar el bastón de mando de cada casa, de cada hijo, de cada surco, de cada palmo de tierra que pisaban sus pies. Ellas hacen que cada 5 de febrero me sienta orgullosa de ser heredera de una estirpe de valientes. Ellas, que sí están, que están siempre, cantan hoy por boca de todas las Águedas.