Hemeroteca :: 05/02/2009
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OPINIÓN
Última actualización 04/02/2009@23:17:07 GMT+1
Javier resopló y se frotó suavemente la nuca. Tras más de cincuenta minutos en la cola, empezaba a impacientarse. Delante de él, cerca de quince personas miraban con resignación la moqueta gris que cubría el suelo de la sala o trataban de distraerse leyendo los carteles que adornaban las paredes. Frases optimistas sobre fondos de colores cálidos, acompañadas de fotos de personas con cara de triunfadores, trataban de animarles a no tirar la toalla.
–Parece que se mueve algo–, pensó distraído mientras se asomaba a su izquierda para tratar de atisbar el inicio de la fila. Falsa alarma. Una señora de unos cuarenta y cinco años, con cara de haber dormido poco, regresaba del baño para ocupar su sitio, seis personas por delante de Javier. Una mirada fugaz hacia la parte trasera de la cola le ayudó a conformarse con su situación.

Tras revisar de nuevo la hora en su teléfono móvil comenzó a pensar cómo había llegado hasta allí. La verdad, desconocía el momento exacto en que todo se había ido a la mierda. Bueno, algo sí que sabía. El día en que su jefe le dijo que las cosas habían empeorado en la empresa y que tenían que prescindir de él, todo comenzó a volverse gris. Primero, se sintió indignado. A los pocos minutos, el enfado se fue mitigando y el optimismo ocupó el espacio que llenaba poco antes su ira. Javier decidió tomárselo como unas vacaciones forzosas. –¡Me las he ganado, qué narices!–, se decía por las mañanas antes de salir a pasear por su barrio y a leer la prensa en la cafetería. Poco a poco, los paseos se volvieron más breves, el cortado del bar más amargo, y sus agobios, cada vez mayores. La situación laboral comenzaba a desmoronarse a su alrededor con la trágica lentitud con la que el mar se come los cimientos de un castillo en la arena. La famosa crisis, ésa de la que se reía con sus amigos en el bar mientras se pavoneaba de lo mucho que se aburría ahora que no tenía que levantarse temprano por las mañanas, cerraba sus mandíbulas sobre su cuello cada vez con más fuerza.

Quizás tendría que haber ahorrado un poco más. Quizás no debió cambiar de coche el pasado año. Quizás esa segunda hipoteca no fue la mejor idea del mundo. Quizás. Pero ahora no había tiempo de lamentarse. Al fin y al cabo, el presidente del Gobierno había prometido soluciones inmediatas a sus problemas. Esa misma mañana, de camino a la oficina del Inem, escuchó a Zapatero garantizar la seguridad de que, en dos meses, los españoles tendrían 300.000 nuevos empleos gracias a las cerca de 32.000 obras públicas previstas. Muchos números positivos con los que contrarrestar los negativos que copaban los titulares de los diarios. Muchos números que apenas mejoraban los que manejaba él a diario cada vez que repasaba su cuenta corriente en busca del agujero que hacía que el dinero se esfumara lentamente.
Últimamente se sentía peor, sobre todo consigo mismo. Buscaba explicaciones a todo, y le carcomía una idea absurda que no era capaz de apartar de su cabeza. Desde hacía días, se preguntaba qué número de la lista de parados de la provincia ocupaba él. Esa misma mañana el Ministerio había propinado un nuevo bofetón social en forma de número de parados: 25.613. Javier llevaba ya ocho meses sin trabajo. Según sus cuentas su número debería de rondar los 20.000, pero necesitaba saberlo con exactitud. Un mes atrás un técnico de la oficina del Inem le dijo que era imposible facilitarle ese dato. Javier insistió, pero nadie pudo satisfacer su imperiosa duda. Nadie le entendía, pero él lo necesitaba. Tenía que saberlo para no ser uno más de las estadísticas que manejaba el Gobierno, otro desconocido que engrosaba la lista negra de los nuevos desheredados nacionales. Le mandaría una carta a Zapatero. Sabía que no valdría de nada, pero al menos descargaría esa inquietud que le erosionaba la razón desde hacía semanas. Sólo le escribiría seis letras: ¿Por qué?
En ese momento, alguien a su espalda le dio un suave golpe en el hombro. La cola avanzaba.
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