OPINIÓN
Héroes de lo cotidiano
Última actualización 14/01/2009@22:23:05 GMT+1
En la madrugada del pasado 29 de diciembre se nos moría mi prima Montse, cuando ya no le quedaba ni un ápice de energía para seguir su contrarreloj contra un cáncer puñetero que la incendió por dentro como una hoguera imparable, como uno de aquellos cigarros que siempre pendía de sus labios, bajo la mirada verde insultante de puro bonita.
Entonces, yo me senté en mi ordenador y vomité dolor y tristeza, pero sobre todo admiración por el ejemplo que ella y todos los que son como ella nos dejan en prenda, incluso cuando se marchan, si es que alguna vez deja de estar aquí todo lo que hemos amado.
Ellos pasan inadvertidos entre nosotros, se mezclan entre la gente, pasan a nuestro lado por la calle. Nos los encontramos, los besamos, les damos la mano. Pero no son como nosotros, porque ellos son héroes. Aunque sus nombres no salgan en negrita en la prensa, aunque no coloquemos en sus solapas medallas ni condecoraciones.
Ellos son los héroes de lo cotidiano, los soldados a pecho descubierto en la batalla de la supervivencia. Héroes que redactan a cada paso un tratado de la alegría.
Conviven con el dolor, con los tratamientos que pesan como plomo en su sangre y en sus huesos. Se hacen grandes en la esperanza, atrincherados en el futuro; toman por asalto al desánimo y lo reducen a la nada. Pierden el pelo, pero no la sonrisa. Pierden las fuerzas, pero los sostiene algo mucho más grande, más intangible, más poderoso, asentado sobre el deseo y las ganas.
Ella nos mantuvo en pie cuando sus piernas dijeron que ya no podían caminar sobre el suelo. Mantuvo intactos los sueños mientras los demás no dormíamos, por si sonaba el teléfono, por si terminaba aquella pesadilla de esperar, sólo esperar, cuando cada bocanada de aire era un mundo, una pequeña victoria. No perdió la sonrisa, cuando entre bambalinas los demás buscábamos un rincón donde poder descargar la impotencia. Y yo entonces me preguntaba si algún día sería capaz de mantener el tipo con la misma serenidad, con el mismo coraje, con la misma valentía; con ese empeño de defender la vida a cara de perro hasta que el corazón se cansase de tantas horas en guardia, de tanto esfuerzo.
Sé que su caso no es excepcional. Ella es una más de esa nómina de héroes cuyos nombres pasan inadvertidos, cuyos nombres sólo pronunciamos los que les queremos, los que sabemos de su día a día, de la batalla que libran por estar, por ser, por seguir siendo.
Un par de días antes de irse, dijo que ganaría esta partida, tozuda hasta la última hora, incansable en su empeño de no cejar. Y así ha sido, Montse querida. Porque ahora, que comienza el tiempo de la ausencia, recuerdo tu sonrisa cuando acampan las nubes sobre mi tejado. Y es entonces cuando me doy cuenta del privilegio de ser, de estar, de poder ponerme en pie cuando el día a día pretenda tumbarme.
Ahora sí. Vuela lejos. Y descansa como el navegante que vuelve a casa. Gracias, siempre, por tu inmensa lección de vida.