OPINIÓN
Última actualización 01/01/2009@22:00:30 GMT+1
Aco Tejero atesoraba el arte de los hombres del sur, el empaque de los eternos vividores y el señorío de quien supo bregar con las gentes de todo el mundo. Por eso, allá donde se encontraba dejaba el reguero de un montón de amigos. Como le sucedía también en esta Salamanca que tanto le seducía y a la que le encantaba venir desde que, hace años, su amigo Josema Pedraz, el de Calzada de Valdunciel, le hiciera beber de las fuentes de la charrería.
Desde entonces, varias veces al año, abandonaba su rincón marinero de La Antilla para venirse a Salamanca. Atrás dejaba su querido Condado impregnado por los aires frescos del coto de Doñana y las desgarradas notas de los cantes de Alosno, de donde él era una especie de embajador. También perdía de vista los acebuches de la sierra para disfrutar del encanto de las encinas del Campo Charro, o el imán artística de las ‘piedras rubias’ que llenaron de magia a esta Salamanca en la que era tan feliz.
Además, su extraño aspecto también llamaba la atención, con sus andares vivarachos, su rostro ennegrecido siempre tocado por un sombrero tejano y su bigotón cárdeno, que le daba un aspecto semejante al de los viejos buscadores de oro del Amazonas. O el de los jinetes tejanos que desafían su vida montando caballos ‘encabritados’; aunque a diferencia de aquellos hombres, Paco, nunca llevó pistola, porque a él no le hacían falta balas. Las armas que utilizó para ganarse al mundo fueron su gracia y el buen humor, con los que encontró las llaves para abrir las puertas de la amistad. Que siempre son las más agradecidas para entrar.
Ahora se ha ido como lo hacen las cigüeñas para librarse de los calores de Santiago o como las viejas águilas cuando ya sienten cercanos los estertores de la muerte. O como los viejos marineros de Huelva cuando su rastro se perdía para siempre. Quizás porque Paco era el prototipo de aquella gente después de navegar durante cientos de veces por los mares del mundo en los años que curtieron su piel. Y dejaron su rostro ennegrecido de viejo lobo de mar.
Porque Paco fue un marinero al que le encantaba recordar anécdotas de la época que era jefe de máquinas en los mercantes. Y hablaba de los puertos que había bautizado con el nombre de la mujer que lo recibía. Entonces se le iluminaban sus ojos pícaros al hurgar en las telarañas de su pasado, amarillo ya tras deshojar tantos años.
Después, un buen día la tempestad marinera trajo la calma a su vida y dejó la mar en la que tanta gloria escribieron los hombres de su tierra para regresar a Lepe, cuando ya era famoso por sus chistes y sus fresas. Y allí se fue, al lado del vaivén de las olas en un chiringuito que montó en primera línea de playa. Un chiringuito donde siempre le tenía reservado el mejor sitio a su amigo José María, quien en julio, cuando regrese sentirá el enorme vacío de que ya no volverá a estrechar la mano amiga de Paco Tejero.
De ese personaje del que quedan un montón de recuerdos que sembró en la besana de esta tierra. Como cuando aprovechaba sus visitas para irse a comer un gallo de corral a casa de Amalio, el del bar de Aldearrodrigo, con sus amigos Alberto, Leandro, Josema... En aquellas meriendas en las que, a los postres, se entusiasmaba recordando el misterio torero de Curro Romero; o de sus paisanos, los Litri, que tanta gloria llevaron a Huelva tras alzar al viento la bandera del valor. O del Niño de la Capea, del que tanto lo inspiró Josema que un día hasta se marcharon juntos a México para presenciar la tarde de su reaparición. O de quien se terciara, porque Paco Tejero conocía al detalle todo ese mundillo.
Pero, sobre todo, cuando explotaba toda su grandeza era cuando salía de su alma el mejor flamenco, el más puro. El que tuvo en Manolo Caracol al duende que abría los poros de sus sentimiento. Entonces, cuando cantaba por Caracol se atusaba su bigotón cárdeno y llegaba ese torrente artístico que ahora ha quedado mudo por el triste dolor de su inesperada muerte.