OPINIÓN
Días de nieve y zapatazos
Última actualización 17/12/2008@21:54:53 GMT+1
Pasará esta semana a nuestra memoria como aquella en la que la nieve dejó a Salamanca tiritando y con el culo, literalmente, al aire, mientras en el lejano Oriente, allá de donde llegan los Magos, volaban zapatos sobre la cabeza del hombre más poderoso del mundo. El mismo que bajo su zapato aplastó la dignidad y el derecho a la paz y a decidir por sí mismo del pueblo iraquí, que decidió arrojarle el guante taconazo por taconazo. Héroe o villano, lo cierto es que esos zapatos tenían retazos de los zapatos de medio mundo, eran una lluvia de zapatos encerrada en dos suelas y un protagonista vestido de reportero.
Aquí, mucho más a mano, Salamanca se teñía de blanco como un inmenso pañuelo de suspiros, como una sábana oreándose al viento, como un rincón rescatado de un Belén navideño. Y se armó el ‘belén’ por las calles, y se armó el ‘belén’ en los barrios y en los pueblos, unidos bajo el edredón acolchado de la nieve. Y fuimos todos pastorcitos a ninguna parte, como un rebaño desconcertado en ausencia de guardianes a plena luz del día. Aún hoy algunas calles son como inmensas pistas de hielo que nos recuerdan lo pequeños que somos frente a los desmadres de la naturaleza. Que nos recuerdan que Salamanca se quedó como una cachorrita, sin apenas saber caminar por sí sola, bajo el leve peso de la nieve, que fueron quintales de plomo sobre los reflejos de los responsables de poner concierto en una ciudad que se vio cercada por una muralla caída del cielo. La nieve, la blanca nieve, dejó a Salamanca envuelta en caos, atascos y resbalones. La nieve, la sigilosa nieve, nos recordó que las leyes del hombre, afortunadamente, aún no se le han subido a la chepa a la madre naturaleza. Afortunadamente, digo.
Se alzaba mientras un árbol sin raíces en la Plaza Mayor. Árbol que ha de llenarse de vanidades mientras los padres juegan a convertirse en verdaderos magos para mantener encendida la ilusión de sus hijos en la noche del cinco de enero. Árbol de Navidad a juego con esas ristras de colorines que permanecen encendidas en la ciudad desde el pasado 5 de diciembre, cuando de toda la vida nos enseñaron que el veinticinco es Navidad, fun, fun, fun, sin veinte días de balde sólo por ver las piedras doradas con reflejos de fiestas venideras.
En un año especialmente duro para este país, que ahora remata su balance con un fraude internacional que salpica también intereses españoles, nosotros ponemos de lado a lado guirnaldas de diodos, que son más baratas que las bombillas, desafiando las buenas intenciones de recortar el despilfarro de las arcas públicas y desafiando también al buen gusto, que digo yo que no es tan caro. No hay más que ver esos lazos tamaño XXL que penden de las fachadas de la plaza, ocultando su magnífico trazado y prestando cierto toque hortera que flaco favor le hace una ciudad que no necesita más adorno que sí misma, si Salamanca es belleza desde la primera hasta la última piedra, si Salamanca lleva posada la estrella de Belén en sus tejados desde que Dios y los hombres la pusieron en pie sobre este mundo.
Y pasará, claro que pasará, esta semana, igual que escapa ya la nieve hecha agua por las cuestas abajo, igual que sale el sol como estrella diurna en el árbol de la plaza, igual que se apagarán un día las luces y volveremos al reflejo eterno de la piedra. Pasará. Y la recordaremos tapizada en blanco, arropada bajo el hielo y la nieve, mientras llovían zapatos sobre la cabeza del hombre más poderoso del mundo y nosotros queríamos bailar claqué sobre el lecho mullido que escondía el suelo firme que pisamos.