Hemeroteca :: 11/12/2008
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OPINIÓN

Derechos escritos en renglones torcidos

Última actualización 10/12/2008@22:20:12 GMT+1
El día 10 de diciembre del año de 1948, la Organización de Naciones Unidas proclamaba los Derechos Humanos como un código que garantizase la igualdad, la paz y la justicia entre los hombres.

Han pasado sesenta años y un día desde entonces, desde que el mundo apostase por darles voz a los sin voz, aunque aún no los escuchemos. Quizá por eso, sesenta años después de la proclamación de esa carta universal que debiera ser un dogma de fe para los que pisamos este planeta, necesitamos recordar la efeméride, como si en vez de una celebración fuese un aguijonazo en las conciencias de quienes vivimos en mundos de primera cimentados sobre la miseria, la explotación y la falta de oportunidades de países que se pierden en el mapa sin el futuro escrito en el horizonte, de cuyos nombres no queremos acordarnos.

Han pasado sesenta años, pero el mundo no debió leer la letra pequeña ni se aprendió los términos del contrato, cuando siguen existiendo el miedo, el hambre, la enfermedad, la incultura, las cárceles y la tortura, los absolutismos, los uniformes y las guerras, las diferencias y las distintas varas de medir, mientras el mundo sigue dando vueltas amasando a tirios y troyanos bajo los colores de distintas patrias, de distintos credos, de distintas banderas. Han pasado sesenta años, pero continúa vigente el canto hondo por la libertad y por la justicia, por el pan, por la paz, por la igualdad. Por la vida, en definitiva.

Día a día asistimos a la vulneración sistemática de estos derechos en un año en que el mundo hizo de palmero ante los fuegos de artificio de Pekín, donde los hombres competían por los podios mientras los auténticos héroes, los auténticos atletas del día a día, se pudrían en silencio, a la sombra de los calabozos, por mantener en lo alto, como una antorcha que ilumine a toda la humanidad, la libertad del pensamiento.

Ocurre aquí mismo, en esta España de las dos eternas Españas, donde hace apenas una semana moría asesinado un hombre en la calle abatido por pistoleros a quienes no les tiembla el pulso para asestar un tiro en la nuca, pero se mean encima de los pantalones cuando les dan el alto y no les da tiempo a desenfundar el arma del bolsillo del vaquero.

Ocurre detrás de las paredes que ocultan los golpes, debajo de los ‘burkas’ que cercenan las identidades, bajo los verdugos de los asesinos, sobre los versículos malditos que alimentan el fundamentalismo, en las cicatrices de las niñas condenadas desde la cuna a la ablación. Ocurre en los versos con mordaza, en los corredores de los penales donde la muerte espera entre barrotes vestida de naranja, en las izquierdas y las derechas llevadas al extremo, en las cadenas que reducen a buenas intenciones lo que los hombres merecemos por derecho, por el mero hecho de ser y sentir.

Por eso seguimos reivindicando el 10 de diciembre, para que no se nos olvide que somos eso, sólo eso: hombres iguales y libres según la ley de los hombres. Aunque redactemos los derechos de los demás en renglones torcidos.
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