Hemeroteca :: 11/11/2008
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OPINIÓN

El mejor librero del año

Última actualización 10/11/2008@22:42:29 GMT+1
En los primeros días de octubre en Barcelona, durante el transcurso de Liber, la feria profesional del sector editorial, la Confederación de Gremios de Libreros de España entregó el más emblemático de sus premios, el denominado Boixareu Ginesta (instaurado por y en honor de un noble ‘llibreter’ catalán) a un librero salmantino, Jesús Sánchez Ruipérez, que está al frente de la Librería Cervantes que su padre adquirió en 1942 y que desde entonces y hasta el día de hoy, 66 años después, ha sido el referente del comercio de libros en nuestra ciudad.

Soy asiduo visitante de librerías en mis viajes, como otros lo puedan ser de iglesias, centros comerciales o museos, y a estas alturas es un comentario recurrente en mis conversaciones con colegas de otras latitudes el elogio que hago del privilegio de vivir en una ciudad como la nuestra, no sólo por su calidad de vida, su patrimonio monumental y su clima intelectual, sino por aspectos más particulares y profesionales como puede serlo la existencia de una docena de buenas librerías de fondo, tan distintas de las de las grandes superficies que apenas exhiben dos o tres centenares de títulos de cara al público, sin paciencia comercial para aguantar en los estantes un título más allá de tres meses. Las librerías de fondo que están en grave peligro de extinción, conciben todavía el negocio como un servicio de atención al lector más allá del hecho mecánico del autoservicio y la compra, con la presencia de una riqueza bibliográfica mucho más variada, más reposada, prestando atención a títulos de venta lenta pero permanente y continuada, con obras que sobrepasan la fugaz novedad de la temporada y un conocimiento de lo que buscan los clientes que nunca van a tener los ordenadores conectados a las existencias del almacén. Libreros a la vieja usanza, con conversación, con memoria de catálogos y editoriales, con anecdotario, con empeño y mimo en que los libros más queridos tengan las mismas oportunidades que los más vendidos, que nunca son los más leídos, como obliga la paradoja. Jesús Sánchez Ruipérez representa el prototipo vivo y vigente de un saber hacer en un oficio que ha permanecido inalterado durante quinientos años y que en las próximas décadas será irreconocible. Un oficio con diálogo, con tertulia, con opinión sobre temas y autores, con la complicidad del maestro permanente que saca de debajo del mostrador ese libro inesperado del que, por más que creas que lo sabes todo, no tenías ni idea de su existencia. Un mago sin chistera, pero con la habilidad sanadora para aliviar las penurias de quienes siempre tenemos hambre de conocimiento. Lo diré de una vez: un oficio donde tanto como el comercio importa la amistad.

Llevo treinta años, los que han pasado desde que llegué como estudiante a Salamanca hasta estos días de mi oficio de editor, echando horas en la Librería Cervantes. Comprando y perdiendo el tiempo allí, curioseando, hojeando, deslizando el dedo por los lomos de tantos apetitos inabarcables. Empecé en el sótano, allí donde antaño estaban los libros de mis estudios, y con los años he ido subiendo y bajando las escaleras de sus plantas y cruzando de acera a acera, de una librería Cervantes a la otra, seguramente en la quimera de querer leerlo todo, afán lunático. Al día siguiente de que a Jesús Sánchez Ruipérez le concedieran el premio Boixareu Ginesta en Barcelona, ambos volvimos a coincidir al pie de esa escalera de caracol de su librería que forma parte del imaginario de saber salmantino. Allí estaba otra vez, como cada día, como si no hubiera pasado nada. La víspera le habían concedido el premio más importante que puede recibir un librero en nuestro país, el reconocimiento a toda una vida, el Goya de los libreros, el Príncipe de Asturias (por no decir el premio Cervantes y jugar a la redundancia) de los libreros, el premio que sólo han recibido unos pocos porque es difícil llegar tan alto. Como si no hubiera pasado nada: se tomó el tiempo justo de ir a recoger el galardón, agradecerlo, meterlo en la maleta y volver al mostrador. A sus libros. A atender a sus empleados y sus clientes. A seguir, como un león, oteando el horizonte a sus 79 años. En Barcelona le rodeamos un nutrido grupo de familiares, colegas y amigos, desde las máximas autoridades del sector editorial hasta los impresores, distribuidores, bibliotecarios y editores salmantinos que habíamos acudido a la cita. Sin duda, los que mejor le entendemos y apreciamos en esta ciudad. Mientras leía sus cuartillas y los demás escuchábamos, me pareció oír, fuera de la sala, el rumor de miles de tapas de libros que entrechocaban entre sí, como en un aplauso agradecido a quien tanto ha hecho por ellos. No le pregunté al día siguiente, al pie de la escalera de caracol, si él también lo oyó. Me imagino que sí.
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