OPINIÓN
Sólo una hora
Última actualización 29/10/2008@23:33:38 GMT+1
El cambio de horario remite a la tristeza del invierno. Al soplo silente de las cumbres recién nevadas, a la caricia con dedos de hielo que resbala por las pendientes de la sierra. A la oscuridad de estas tardes tan cortas, que parecen tiempo muerto desnudando las ramas de los árboles, placas de plomo aprisionando los vaivenes del mar.
Es sólo una hora. Todo es una hora, esa hora por la que el reloj del cuerpo se rebela. Una hora que transforma los días en más noches, las noches en más noches.
El cambio de horario se escribe en crisantemos que depositar como canciones de ausencia sobre el polvo enamorado y la tierra preñada de huesos. Una hora que son dos horas y un poco más acá, tan cerca, noviembre de difuntos y nombres de ánimas con el viento trastabillando por las persianas, golpeando con sus nudillos invisibles la puerta cerrada de los sueños.
Es sólo una hora. Es todo una hora, por encima del valor que le negamos al tiempo. Sólo una hora, el compendio del instante. Y la vida al filo de esa hora, como si cada segundo fuese un precipicio que nos jugamos a cara o cruz, un alambre a punto de quebrar siempre bajo nuestras pisadas.
Pero si en mis manos estuviese, devolvería el verano a las calles vestidas de grises cuando dan las seis. Me inventaría la primavera por el camino que conduce a tu casa. Prolongaría sin tiempo aquella primera hora en que Lucía y Teresa ascendieron desde el vientre de su madre hasta mis brazos, el mismo tronco, y creí hacerme nada persiguiendo las puntadas de sus faldones.
Si en mi reloj cupiese una hora más, calcaría el rastro del viento de levante ensayando caricias en mi cara, el susurro mojado del poniente dictándome días de ternura en los oídos cuya letanía se me olvidó en el viaje de vuelta.
Grabaría segundo a segundo el color de los ojos que ya no me miran, la textura acuosa de la arena donde excavaban cimientos para el alma mis pies. Retrasaría una hora mi reloj sólo por volver a contemplar la mirada del amigo a quien cerré los ojos mientras me lo guardaba para siempre en el alma. Regalaría una hora de mis horas y seguiría sin ensayar despedidas.
Si tuviese una hora de más, redactaría en presente el sabor a orgullo y deseo que me dejó en los labios hace tantos años aquel primer beso en una plaza mayor por la que se asoman los siglos moldeando piedras barrocas y miradores dorados. Recorrería de nuevo las calles que desembocan en tu puerta. Dejaría en blanco el folio que escribiste cuando me dijiste adiós.
Si en mis manos estuviese, pegaría los retales de toda la alegría para sumar una hora más en la vida que nos resta. Dejaría en la retaguardia una hora de dolor, para que nunca se me olvide que aprendí a ser fuerte apostada en las puertas de lo imposible. Y borraría quizá aquella primera sonrisa, para no tener que escribir que hubo una hora en que decidimos que el futuro se escribía en renglones separados. Aquella hora. Sólo una hora.