OPINIÓN
Don Manolo, el juez
Última actualización 16/09/2008@22:18:11 GMT+1
Durante los años que don Manolo ejercía como juez en Ciudad Rodrigo escribió uno de los capítulos más hermosos de su vida laboral. Y seguramente también de la Justicia española, en la misma que dejó impronta de sus valores humanos cuando hacía uso de ellos con tacto para inclinar la balanza a favor del necesitado. Porque siempre se ponía del lado del perdedor, quien encontraba en la cálida sonrisa de don Manuel el mejor regalo. Por eso, en pocos años, el mundo se le llenó de amigos en la que fue la mejor herencia humana y de la que más presumía. Unos, por gratitud; otros, por amistad; otros, para hacer saber la admiración que le guardaban. Y a todos les respondía con su sonrisa franca y amiga. Con esa verdad que fue el ‘don’ de su vida.
Don Manolo, el juez, siempre buscó el equilibrio que beneficiase a las partes implicadas en el fango del no entendimiento. Por eso, cuando llegaban a sus manos las primeras diligencias y estudiaba el caso, su primer paso era llamar a las dos partes para juntarlas, mientras les decía: “Venga, dejaos de tonterías y vamos a tomar unos vinos para que os ‘arregléis’, que sin problemas andamos mejor”. Y entonces, don Manolo, los llevaba a la primera tasca que encontraran en el camino para tomar unas rondas, que siempre pagaba él; mientras, buscaba las ‘vueltas’ para que se lograse una solución amistosa. Y a partir de entonces, gracias a su mano izquierda, pero sobre todo a su bondad, cual zahorí del bien, se ponía a cavilar para buscar las fórmulas con la finalidad de que el caso no fuera a mayores y se ahorraran gastos y, sobre todo, un montón de quebraderos de cabeza. Entonces cuando encontraba un arreglo por las vías de la buena fe, don Manolo vivía su momento más feliz. Y el siguiente eslabón, siempre con su sonrisa sincera, su aspecto achaparrado y sus andares cansinos, era cuando se dirigía presto al teléfono del bar para llamar al oficial del Juzgado y comunicarle que el caso no seguía adelante y que tirase las diligencias a la papelera. Que no iba a prosperar por más que se enfadasen los abogados, ansiosos de sacar ‘tajada’. Por esa razón, en poco tiempo, el mundo se le llenó de amigos. De gente que le guardaba gratitud por la bondad de la que hacía gala en la búsqueda del equilibro. Por su saber estar y por el señorío que irradiaba durante las veinticuatro horas del día.
Luego, para don Manolo, los momentos más opacos, más grises y amargados llegaban cuando en el banquillo se sentaba quien había escrito algún episodio de su existencia con los renglones torcidos al margen de la ley y entonces era inevitable su privación de libertad. Cuando eso sucedía, a don Manolo lo llevaban los demonios y hasta el último momento intentaba evitar que un hombre se pudriera entre los barrotes de una cárcel. Como un pájaro enjaulado. Porque él decía que en la cárcel además de no conseguir nada, la gente salía peor y por eso, en su decálogo esperaba hasta agotar todas las vías del diálogo. Y si lo firmaba era porque no había solución alguna.
Por eso, cuando llegaba el momento de firmar una condena prefería irse a su finca familiar de Sepúlveda de Yeltes y pasear bajo las encinas, distrayéndose en la soledad invadido por una preocupada tristeza que rasgaba su rostro. Y por eso durante varias semanas su aspecto se volvía triste y solitario, mientras que por más vueltas que le daba no encontraba respuesta ante quienes escriben eslabones de su existencia con los renglones torcidos. Así hasta que el tiempo curaba las heridas y, sobre todo, en la larga época que estuvo destinado en Ciudad Rodrigo, comenzaba a regresar, en torno a la media mañana a su cita habitual en el bar ‘El Rodeo’ donde, al lado de las viejas fotos taurinas tornadas ya de color sepia, el señor Adolfo le tenía reservada una mesa para que don Manolo improvisara su despacho para buscar soluciones que evitaran el amargo paso por el banquillo. Porque don Manolo, el juez fue un gran hombre que siempre encontró el equilibrio con su sonrisa franca y sincera llena de bondad.