Hemeroteca :: 08/09/2008
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OPINIÓN

Correo de América

Última actualización 08/09/2008@00:08:51 GMT+1
La otra mañana revisando viejos periódicos en la biblioteca ‘Santa María de los Ángeles’ para hurgar en el pasado, cosquiñearon los recuerdos al volver a encontrar una atractiva sección llamada Correo de América. Se trataba del ‘carteo’ que mantenía aquel brillante periodista que fue Enrique de Sena con salmantinos emigrados a las ‘américas’. En las misivas le contaban su vida al otro lado del charco en unos testimonios, en los que al final, siempre afloraba la añoranza hacía su Salamanca. Después las publicaba en las página-sábana del centenario El Adelanto, de los Núñez-Alegría, donde ejercía como director.

La sección marcó historia en la prensa local, como todo lo que promovía ese periodista inolvidable que marcó una época y amó como nadie a Salamanca que se llamó Enrique de Sena, al que se recuerda con gratitud y afecto por haber tenido el honor de ser distinguido con su amistad.

Hace ya muchos años, esas páginas, ya de color sepia, que duermen su sueño eterno en las hemerotecas, despertaron en uno la idea de la emigración que tanto le ha llamado la atención desde aquellos inquietos años de la infancia. Precisamente, a raíz de leer esa cartas comencé a interesarme con el fenómeno de la emigración a América y a familiarizarme con términos como ‘indiano’, junto al conocimiento de un montón de impresionantes historias humanas que mantienen viva la memoria de una emigración a la a que Salamanca, como a toda la España pobre, marcó para siempre.

Todas las historias llamaban la atención, sobre todo por ser testimonios protagonizados por personajes que un buen día emigraron al otro lado del Atlántico y al cabo del tiempo encontraron los caminos de la riqueza que le negaba su terruño. Además, algunos de ellos, al cambiar la situación social y económica regresaron, para volver a pasear, orgullosos, por las mismas calles donde en la infancia sufrieron tantas privaciones, pero ahora tocados con los nuevos aires de quien vive en la opulencia.

Quienes regresaron nunca pasaron inadvertidos y todavía se recuerdan por la provincia anécdotas de su vida pintoresca y tan diferente a las que tenían los charros de siempre. Era, por ejemplo, el caso del tío Ché, un charro que emigró a Buenos Aires (de ahí su apodo), donde ejerció como taxista hasta el día que decidió regresar. Entonces, con las ganancias montó la fonda Ortega, de La Fuente. Precisamente, un lugar en el que se ha detenido el tiempo y entre sus tesoros tiene un billar que es una pieza de museo. El tío Ché llamaba la atención por muchas cosas, como ser el primer vegetariano del Campo Charro. O por su valentía al bañarse todos los días del año en el pilón del huerto.

En América se hicieron muchas fortunas. Por eso, en Argentina, Cuba, Venezuela, México... uno se puede encontrar con los nietos de Antonio Ingelmo, de Montejo, quien antes de la II República vendió sus escasas propiedades, el huerto y la pareja de bueyes para marchar a Buenos Aires, donde se casó con una emigrante italiana, antes de fundar un auténtico imperio maderero. O con los descendientes de Pedro Comerón, de Lumbrales, que se murió soñando con regresar para comprar las minas de wolfran de Barruecopardo, donde en la postguerra trabajó por un mísero jornal.

Pero, sin duda, la zona más importante en cuanto a aportación de indianos fue La Ribera salmantina, donde el hermoso pueblo de Villarino de los Aires se lleva la palma, pues de allí salieron cientos de personas. Fueron tantos que, antes de comenzar las obras de los saltos, en esa joya del Caribe que es La Habana (antes de que la destrozara Fidel Castro) llegó a haber más villarinenses que en el propio Villarino.

Por eso, cuando descubrió la aquella añorada sección que se llamaba Correo de América le volvieron a cosquiñear los recuerdos de la infancia.
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