OPINIÓN
El tornero tuerto
Última actualización 19/08/2008@21:58:16 GMT+1
Por la presa de Aldeadávila, en medio de aquel paraje para soñar, todavía quedan restos de las obras del Salto que construyó la desaparecida Iberduero y cambiaron la vida de la comarca, hasta entonces pobre de solemnidad y después, convertida en un lugar próspero.
En aquellos años, Iberduero, una empresa bilbaína, pero con alma charra, tenía en su nómina a miles de obreros que horadaban en las entrañas graníticas del cañón del río Duero. Allí trabajaba gente llegada de toda España, conviviendo con otros de la zona e infinidad de gallegos y portugueses, quienes formaban un paisaje humano que dejó un imperecedero recuerdo.
Cerca de los barracones habilitados para los trabajadores había un bar que regentaba la familia de Manolo Fernández, quien años más tarde fue un pintoresco cura que rompió moldes, pues no vestía sotana, presumía de jugar de lujo a la pelota y en las capeas practicaba con éxito la arriesgada suerte del salto de la garrocha.
Manolo, que un día acabó desertando para siempre del oficio de cura, era también hombre de negocios y dirigió varias empresas, organizó en el frontón cubierto de Vitigudino algunos partidos de pelota que han quedado para el recuerdo, como cuando trajo a Retegui III, que era campeón del mundo para disputar un ‘bolo’ contra el navarro Galarza, cuando éste aspiraba a conseguir ese ansiado trono.
Pero el bar que regentaba la familia de Manolo, también pasó a la historia por ser la sede de donde se fundó, seguramente, la primera peña de Santiago Martín ‘El Viti’, el torero de Vitigudino que ya volaba tan alto y, además, tenía a uno de sus hermanos, a José, trabajando en las obras.
De entonces y entre la multitud de anécdotas que se producían en las históricas obras, una que llamó la atención fue la protagonizada por Amador, sobre todo porque tuvo tintes trágicos y final feliz. Amador era un tornero tuerto de nacimiento, que era natural de un pueblo de Toledo. Además era muy querido por su simpatía y su exaltada afición a los toros, siendo un fiel seguidor de su paisano Gregorio Sánchez.
Su vida transcurría en medio de la rutina normal, mucho trabajo y el deseo de juntar unos días para coger el coche de línea de Mariano Bautista y llegar a Salamanca para tomar el tren y volver a disfrutar de unas vacaciones en su casa toledana, que tanto añoraba. Luego, en los ratos libres, su pasión era ir a hablar de toros a la peña de El Viti, antes de volver al taller, en el que un mal día le saltó una esquirla al ojo bueno, con tan mala suerte que se lo vació.
Desde entonces, la tristeza se adueñó de sus compañeros y en el bar se hablaba con menos pasión del Viti, hasta que un día, el padre pidió ayuda a los amigos, quienes realizaron una colecta para que pudiese ir a Barcelona a la consulta del doctor Barraquer. En la Ciudad Condal, a Amador, le examinaron los dos ojos y el afamado oftalmólogo le dijo al padre que no se podría hacer nada, pero no obstante decidió dejarlo ingresado. Después de varias semanas de pruebas fue sometido a una operación en el ojo que nació ciego con tan buena suerte que descubrió, otra vez, el color azul del cielo y el alegre vuelo de los pájaros.
En el Salto, la noticia se celebró con alboroto y las ‘charras’ de vino corrían entre los trabajadores para brindar por su amigo Amador, quien una vez curado se desplazó a Aldeadávila y fue recibido en medio de una fiesta.
Después, su padre, que fue un hombre listo, movió los hilos oportunos y logró que se le concediese la incapacidad laboral definitiva y Amador, jubilado en plena juventud, volvió a su pueblo toledano con la vista ‘cambiada’, feliz por el trato que le tributaron en el Salto y con el orgullo de haber pertenecido a la peña de El Viti, torero que a partir de entonces fue su ídolo y al que siempre acudía a saludar cuando toreaba en Toledo en la corrida del Jueves de Corpus.