OPINIÓN
Vaya semanita
Última actualización 26/07/2008@22:35:23 GMT+1
Miércoles. 00.13 de la noche. Llego a mi calle, la avenida Campoamor, tras una ardua jornada laboral a la que la clásisica noticia tardía sumó media hora extra verbi gracia del peculiar destino de algunos y la mala suerte de otros. La estampida veraniega me depara un espacio de aparcamiento frente al bar Oasis, local de gran cocina y refugio nocturno de policías locales. Con un escueto movimiento de cabeza y un “hasta luego” saludo al bajar del coche a uno de los agentes que salen del establecimiento tras refrescarse el gaznate.
Jueves. 10.35. Hace calor, mucho. Me dirijo a mi coche para subir al periódico y observo desde lejos que un anciano –bajito, calva resguardada del sol con un catálogo comercial– mira absorto dentro de mi turismo. Llego hasta el lugar y contemplo cariacontecido que me han roto la luna delantera derecha y que el interior del coche es una fiesta de cristales a la que no podría poner banda sonora, porque... ¡Me han robado el radiocd! Lo que oyen. Todavía quedan de esos. Repaso el resto del vehículo entre el rechinar de los vidrios rotos mientras trato de no cortarme. Un leve escozor y un pequeño punto rojo en mi mano derecha me anuncia que ya es tarde para eso. El caco ha sido amable y me ha dejado la documentación sobre uno de los asientos. A su lado, desperdigados y huérfanos, discos tirados de AC/DC, Rolling Stones, The Cult, Ramones... Tiro de mis decenas de horas de CSI y trato de dibujar mentalmente un perfil del ladrón: Lerdo, desesperado y con escaso gusto musical. Me pregunto qué atormentada situación económica le ha podido llevar a robar una mierda de radiocd panasonic de hace seis años que ni siquiera tiene MP3. Hay gente para todo. Tal vez, pensaba que mi equipo de música tenía casete y que podría escuchar en él las cintas de Camela y los Chichos birladas previamente en una gasolinera. Lo siento por él.
10.45. Decido poner a trabajar a aquellos que, tal vez, estaban en el bar tomando un cacharro mientras mi querido caco –le he cogido cariño a la criatura, pobre–, decidió contribuir a la ventilación exterior de mi coche a escasos cinco metros del citado local. Llamo al 112 y me informan que en breve pasará un agente de la Policía Local a inspeccionar mi vehículo.
10.57 Me llama la misma señorita del servicio de emergencias y me informa que los agentes municipales no se pueden hacer cargo de mi problema y me insta a denunciarlo en la Policía Nacional. A continuación, le insto yo a ella a irse a defecar al monte por no habérmelo dicho doce minutos antes. Me hace partícipe de que en ese momento no tiene ganas y me cuelga.
11.10. Llego a la comisaría de la calle Jardines y, en el tiempo de espera para presentar la pertinente denuncia, charlo con otros tres ciudadanos a los que el mismo ladrón nostálgico del delito más popular en los 80 les ha preparado la misma avería. Acabamos riéndonos de lo absurdo de la situación.
11.43. Un agente de la Policía Científica busca con ahínco huellas del artista revival en mi turismo. Tras un eficiente trabajo recuerdo porqué hay dos cuerpos policiales, uno que pone multas y otro que detiene a los malos.
12.23. Tiro de agenda y logro que un conocido me reponga el cristal.
13.58. Tras un infructuoso intento de subir el volumen de una radio que no escucho porque no existe, llego a mi barrio –con ventanilla nueva, eso sí– y aparco a escasos metros de donde, horas antes, descubrí que aún existen ladrones nostálgicos con reminiscencias ochenteras. Paso frente al bar Oasis y me puede la curiosidad. Efectivamente, los agentes ocupan de nuevo sus lugares favoritos. Me contengo para no entrar y frotarles los morros con el hueco que, hasta horas antes, ocupaba mi extinto radiocd. Tras un momento de ofuscación y un calenturiento amago de llamar al móvil a su jefe, el bueno de José Luis, decido dejarlo estar. Al fin y al cabo, si no fuera por ellos, ¿de qué iba a vivir mi querido ladrón?