OPINIÓN
En corto - Carlos Alonso / Periodista
Última actualización 06/06/2008@23:36:34 GMT+1
El ex comisionado de la Unión Europea para la Agricultura Franz Fischler fue, durante buena parte del tiempo que permaneció en su cargo, una pesadilla para los intereses del agro español. Hasta que un día la ya desaparecida Loyola de Palacio invitó al político austríaco a que viera sobre el terreno cómo se elaboraba el vino y el aceite en nuestro país. Fischler comprobó las excelencias de ambos productos y, a partir de entonces, el problema de los cupos pasó a un segundo plano. Probablemente si los antitaurinos tuvieran la ocasión de contemplar las 24 horas de un toro en el campo charro abandonarían su militancia y sus convicciones darían un giro de 180 grados. No existe mejor ejemplo de lo que ahora se llama desarrollo sostenible que las dehesas, donde la explotación de los recursos naturales va en consonancia con un ecosistema en el que el ganado bravo constituye la pieza esencial del engranaje. Sin embargo, los detractores de la tauromaquia también hacen carrera en plena tierra de toros, dejándose oír en actos públicos y repitiendo un discurso estándar dictado por quienes no tienen ni idea de lo que hablan. La lidia es un arte pero nunca una prueba de fuerza, en condiciones de igualdad, entre el hombre y el animal, porque entonces el destino del primero sería siempre el cementerio. Afortunadamente, los sangrientos espectáculos de los coliseos romanos forman ya parte de la Historia. Sea como fuere, entre unas cosas y otras la llamada fiesta nacional se encuentra sumida en una profunda crisis que sólo supera en momentos puntuales como los vividos el jueves en la plaza de Las Ventas gracias a José Tomás. Seguramente los diestros salmantinos que han formado parte del cartel de la recientemente concluida Feria de San Isidro han soñado una y mil veces con protagonizar la escena que anteayer hizo realidad el de Galapagar, con una tumultuosa salida a hombros y cuatro orejas en el esportón. Sin embargo, la historia jalonada de decepciones se repite año tras año. Los toreros charros llegan a Madrid con las mejores expectativas, pero las esperanzas se truncan porque a la hora de la verdad no son capaces de dar ese paso adelante que diferencia a las figuras de los eternos aspirantes. Las disculpas por el mal juego de los astados o la esquiva suerte con la espada suenan, por reiteradas, a música celestial. Lo del valor, como en la mili, se presupone y va escrito en el DNI. Habrá, por tanto, que esperar a una nueva generación para que surja en el escalafón local algún digno sucesor de El Viti, Capea o Robles. Son ya demasiados años sin un primer espada que ilusione a la afición y revitalice la alicaída feria de Salamanca. Pero un torero de verdad, que se aleje del fenómeno mediático, de la prensa rosa y de las pasarelas de la moda para centrarse en este noble oficio. Los hermanos Rivera Ordóñez y otros muchos que quieren seguir sus pasos no son, sin ir más lejos, un ejemplo para los chavales de la escuela que sueñan con el triunfo. Los méritos hay que ganárselos sobre el ruedo y no en otros escenarios. Ésa es la línea que sigue José Tomás, que esta semana ha engrandecido su figura y su leyenda. Más allá de las posturas radicales de sus defensores y detractores, el matador madrileño constituye un oasis en medio de un desierto de mediocridades. Salvo honrosas excepciones, el panorama artístico deja mucho que desear y así resulta imposible movilizar al respetable. La salida a hombros de Tomás fue portada de la mayoría de los periódicos y ocupó espacios preferentes en los informativos de radio y televisión. La gente vuelve a hablar de toros y eso, en vísperas de la Eurocopa, tiene su mérito.