Hemeroteca :: 03/11/2003
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OTRAS

No somos nadie

Última actualización 03/11/2003@00:00:00 GMT+1
Como en un sueño o en una vieja película de Buñuel, un millar de ovejas desfilaban en la mañana del sábado por el paseo de la Estación de Salamanca. Llegaban de Castellanos, iban a la carretera de Matilla de los Caños. La estampa se repite de vez en cuando.
La ley del asfalto no se ha podido imponer del todo, por fortuna, sobre las ovejas, que aún gozan de los rescoldos de viejos privilegios de paso, de cuando la Mesta, y tienen derechos de uso sobre lo que queda de las antiguas cañadas, por más que ahora hayan sido absorbidas por las grandes ciudades y en buena parte no existan. Al ciudadano inadvertido, al automovilista atrapado, le sorprende de pronto esa visión ancestral, que nos lleva mentalmente hacia atrás, hacia una cierta y más bien soñada Edad Media. Ovejas, esquilas, perros guardianes, el pastor. Avance lento como la vida, olor penetrante, la avenida de pronto ‘abonada’ por el casi olvidado excremento ovino.
La convivencia de tal paisaje con la moderna vida urbana, hecha de velocidad y ausencia de estímulos sensoriales es, claro está, imposible. Por eso, los pasos de ovejas por una gran ciudad suelen hacerse de madrugada, en fines de semana, cuando menos se moleste a los adoradores del dios de la prisa y su gran icono, el automóvil. Lo cual es una lástima y quizá un error. Sospecho que esas llegadas, de tarde en tarde, de los viejos rebaños que aún practican de algún modo la ancestral trashumancia, debería de ser mejor aprovechado por la gran ciudad. Es un espectáculo único y más instructivo que muchas clases de los colegios.
Debería de pactarse con los pastores que los desfiles de sus rebaños, en vez de hacerse cuando la ciudad duerme, se hagan cuando esté despierta y cuando todos puedan gozar del acontecimiento. Debería de anunciarse con carteles y bandos, como las cabalgatas de Reyes o de la de Carnaval. Y los padres, o mejor los abuelos, contarían a los chavales qué es un rebaño, por qué balan las ovejas, por qué van de allá para acá y por qué ya casi nunca las podemos ver.
Mil ovejas en una ciudad es un gran espectáculo, de infinitas posibilidades didácticas y que ninguno de esos caros artistas de los ‘performance’ o montajes raros son capaces de emular.
La vida urbana, que hasta hace bien poco era cosa de los menos, que ahora es cosa de los más, no debe olvidar su raíz. Nuestras raíces tienen más del penetrante olor a oveja que del aroma perfumado con que ahora paseamos. Y ante un pastor, lo que procede no es tocar el claxon o maldecir, sino inclinarse diciendo:
– Gracias, abuelo. Por lo que fue y por lo que es.
Aunque el pastor tenga quince años. No sé si me explico.
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