Hemeroteca :: 16/01/2004
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PROVINCIA

La construcción de la central hidroeléctrica supuso un antes y un después en su historia

Última actualización 16/01/2004@00:00:00 GMT+1
 
Si existe un municipio representativo dentro de lo que conforma esa agreste y singular comarca que ya Miguel de Unamuno en sus viajes por Portugal y España citaba como unas tierras en las que sus lugareños llamaban a grandes fayas y despeñaderos sobre el Duero como arribes, ese lugar es, sin temor a equivocarnos, Aldeadávila de la Ribera, una localidad que por ser la mayor de todas las que componen esa franja de más de 50 kilómetros de río que separa a ambos países ha sido testigo de excepción en la historia de esta comarca.

Vestigios de procedencia vetona señalan la existencia de habitantes en este municipio con anterioridad a lo reflejado en documentos escritos, que se remontan no más allá de mediados del siglo XVI, si bien estos pequeños restos arqueológicos se hallan sin clasificar, por lo que no estaría de más la elaboración de un estudio exhaustivo sobre la procedencia de los hallazgos.

Ya en ese siglo, Aldeadávila contaba con más de 1.200 habitantes, lo que dice en su favor de la importancia de esta villa, título que junto a Ledesma ostentó de manera única dentro de lo que fuera el condado del mismo nombre, territorios en los que el clero llegó a jugar un trascendental papel en su historia. Baste decir que Aldeadávila llegó a contar con 18 clérigos y 32 franciscanos, estos últimos recluidos en el convento de La Verde hasta la llegada de la desamortización de Mendizábal tras la Guerra de la Independencia, si bien aún se conservan numerosos edificios que reflejan la tradición religiosa que vivieron sus habitantes, como las ermitas del Humilladero, La Santa, San Sebastián y La Verde, esta última situada en el poblado de Iberdrola y que con la construcción de la central hidroeléctrica fue reconvertida en hospedería.

Pero es la iglesia de San Salvador, edificada en el siglo XVI por Pedro de Lanestosa, el recinto eclesiástico que acapara la atención de cualquier visitante. Su sobredimensionada torre de más de 40 metros de altura sobresale del laberinto de tejados como si de una fortaleza se tratase, no en vano fue lugar de refugio de sus vecinos durante los continuos conflictos fronterizos con el país vecino.

El inicio de la construcción de la central hidroeléctrica, a mediados de la década de los 50, supuso un punto y aparte en la historia de este pueblo. Hasta entonces, los principales recursos económicos estuvieron siempre dirigidos a la agricultura y la ganadería. Importantes plantaciones de olivo y vid cosían sus empinadas laderas sujetadas por vetustos paredones. Miles de cabezas de ovejas pastaron sus verdes y frondosos valles regados por multitud de arroyos que de manera vertical mueren en un ahora amansado Duero. La llegada de esta impresionante obra supuso que lo que hasta entonces había sido el sustento de cientos de familias pasase a ocupar un segundo plano en la economía, hecho que se ha mantenido hasta nuestros días. Tabernas, tugurios y comercios surgidos por cada rincón hicieron más digerible la pérdida de amigos y compañeros sepultados por los escombros en una época en la que la vida era lo único que carecía de valor.

A partir de ese momento el fruto de aquel esfuerzo comenzó a revertir en la localidad, llegando incluso a albergar parte del rodaje de la oscarizada película ‘Doctor Zhivago’. La producción eléctrica de la central origina importantes ingresos que se han traducido en el aumento de la calidad de vida de sus habitantes que disfrutan de servicios muy lejanos para pueblos de los alrededores. Instalaciones como las piscinas municipales, el polideportivo o la residencia de mayores, son claros exponentes del desarrollo experimentado en los últimos años.

Su pertenencia al Parque Natural Arribes del Duero ha originado que las perspectivas económicas de sus habitantes hayan sido orientadas hacia el turismo medioambiental, sin obviar el reclamo propagandístico que supone contar con unas fiestas patronales de reconocido prestigio en honor a San Bartolomé.

Miguel Corral
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