TOROS
Torerías. Paco CAÑAMERO
Última actualización 26/05/2007@00:00:00 GMT+1
Aquel San Isidro de 1978 Julio Robles contrató dos tardes en Madrid con la reserva de su depósito torero casi agotada. Encima, la angustia se incrementó tras matar el penúltimo toro, donde se tuvo que enfrentar al postrero aprovechando la escasa inercia que le quedaba, pues ya no tenía combustible.
A Eduardo Gallo y Javier Valverde, por ejemplo
Únicamente quedaba su convicción interior de ser figura y ese arrojo que sacaba en los momentos decisivos, cuando se le ‘hinchaban’ las yugulares.
Era su última oportunidad y toreaba una corrida de Lázaro Soria con Curro Vázquez y Roberto Domínguez, terna muy del gusto de Madrid.
Por entonces la carrera de Julio se apagaba y el año anterior había sido el que menos toreó, sumando únicamente 28 corridas. Entonces, a pesar de sus habituales triunfos en Salamanca, Valladolid y Logroño la gente ya no esperaba más al torero que apuntaba como el mejor, pero que a la hora de la verdad no disparaba. Además, los empresarios ya comenzaban a dejarlo fuera de sus ferias y su futuro se antojaba como torero regional, que a la hora de la verdad no vale para nada.
Encima todo se complicó, mientras que a su primero era incapaz de descabellarlo en medio de la zozobra, pues tuvo que dar hasta 36 golpes de verduguillo para que cayera. Pero salió el segundo y la Fiesta recuperó al mejor Robles, al torero tan completo, variado y artista con la capa, el que toreaba con la izquierda mejor que nadie, el de los desmayados que ponían fin a sus faenas; el que en muchas épocas mataba tan bien. Y por eso se consumó el milagro y llegó el delirio.
La gente le pidió con mucha fuerza la segunda oreja. Pero aquel presidente, que se llamaba Font le negó el trofeo que le hubiera abierto la puerta grande. Fue la primera de las cuatro puertas grandes más que le robaron en Madrid. Pero nadie le pudo quitar su grandeza, que en parte nació ese día, donde ya empezó a volar tan alto.