Hemeroteca :: 20/01/2007
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TOROS

Reportaje de actualidad

Última actualización 20/01/2007@00:00:00 GMT+1
Los taurinos de Barcelona comienzan a emigrar en busca de su particular exilio.
Paco Cañamero

A abrir nuevas puertas lejos de su tierra y encontrar otros lugares donde seguir de cerca su pasión.

Mientras, Carod-Rovira y una minoría de antitaurinos adscritos a Esquerra Republicana, cierran plazas utilizando la sinrazón; a la vez, en su particular ‘kale barroka’ agreden a los aficionados que acuden a los espectáculos, destruyen violentamente todo lo que guarda relación con el toreo, la Fiesta en Cataluña se niega a morir. Y algún día resurgirá, otra vez, con todas sus fuerzas gracias a gente representada por Luis Corrales, que sigue al timón defensivo.

Heredero de la gloria taurina barcelonesa fue Enrique Molina, granaíno de nacimiento pero catalán de corazón «soy de Alhama de Granada, el pueblo de Santiago López y llegué a Barcelona con 12 años y la única ilusión de ser torero»
Enrique Molina que fue matador de toros y posteriormente banderillero, desde hace varias semanas reside en La Fuente de San Estaban, en el mismo corazón de ese Campo Charro que él tanto conoció, «llegué a finales de los 50 y durante muchos años, aquí pasé los inviernos. Entonces vivía en Ciudad Rodrigo y Manolo ‘Ferino’ me ayudó mucho, por lo que gracias a él toreé varias veces los festivales del Carnaval».

Quedamos citados en el restaurante El Cruce, de la localidad donde ahora reside y durante la tertulia, varios taurinos se dirigen a saludarlo: «Conozco a todo el mundo de entonces. Cuando llegué empezaba El Viti y me acuerdo también de Manolito Santos, del Titi, de los Primis, de Antonio de Jesús... Además, en Salamanca estaban todos los toreros, me acuerdo de los Girón, en casa de Rodríguez Pacheco; de Antoñete, en Campo Cerrado; de Julio Aparicio, en lo de María Antonia Fonseca, de Bernardó... Luego, en marzo nos marchábamos, pues en Cataluña se daban muchos toros y casi sin salir de allí arreglabas la temporada».

Juanto a Molina está José María Herrero, que también es catalán, fue torero y es un viejo conocido de estas tierras, «yo empecé a venir directamente a La Fuente. Eran los años 60 y siempre iba a casa de Pallarés donde sus padres, el señor Ramón y la señora Elena me trataron como a un hijo. Entonces entrenaba mucho con José Dani, que es íntimo amigo y con Robles, quien después fíjate qué torerazo ha sido. Yo siempre iba a verlo a Barcelona, donde tenía muchísimo cartel.

José María reside en Barcelona, aunque varias veces al año acude a Salamanca, «toreé mucho con caballos, pero tuve una lesión grave y perdí el tren. Luego, aunque me fui a la Policía y alcancé el puesto de inspector, lo mío ha sido el toro y desde que me jubilé estoy pendiente del toreo y con la ilusión de que Barcelona saque una gran figura, que hace mucha falta».

Al hablar de los actuales toreros surge el nombre de Serafín Marín, tan vinculado a Salamanca, «lo vi desde que cogió el primer capote y luego he seguido toda su carrera, pues tiene unas condiciones magníficas para llegar lejos. Es además nuestra ilusión». Sus palabras las corrobora Enrique Molina, quien al cabo de los años ha vuelto sobre sus pasos juveniles. A la misma senda donde soñó con la gloria.

Luego, Molina se pierde en sus recuerdos, «si ves qué cartel tenía El Viti en Barcelona, donde toreó tanto. O Víctor Manuel Martín y Pallarés, que con José Fuentes tuvo tardes memorables. ¡Qué pena!».

Semejante es el caso de Elizabet Piñero, quien hace varios llegó a Salamanca para seguir respirando aires toreros cuando finalizaba la temporada. Elizabet era novillera y fue una de las escasas mujeres catalanas que lucharon por este fin, donde tuvo a Enrique Molina como apoderado artístico.

Ahora Elizabet, ya retirada, también reside en La Fuente de San Esteban, junto a su compañero Israel y sigue muy de cerca cuanto acontece en el mundo del toro.

Juntos se reúnen para hablar de su tierra barcelonesa, del significado que tuvo en la Tauromaquia; mientras, cada mañana se levantan con la intranquilidad de una política facistoide que quiere acabar con una fiesta que en Barcelona vivió sus mejores días. Aunque todos se sienten felices de volver al Campo Charro e incluso, como es el caso de Enrique Molina y Elizabet, «de vivir en un lugar donde se rinde culto al toro y por donde quiera que vayas te encuentras a aficionados que hablan con pasión de este arte. Por eso, esto es un lujo».
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