Hemeroteca :: 30/12/2006
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TOROS
Última actualización 30/12/2006@00:00:00 GMT+1
Es el superviviente de un tiempo que ya murió y uno de los socios más longevos del particular club de los toreros bohemios.
Paco Cañamero

Pepe ‘Güevero’ es el prototipo de un época de sueños e ilusiones. De cuando el decorado de la vida apenas tenía otros escenarios que no fueran los del toro.

El culpable de su pasión fue Manolete, pues tras verlo torear en el campo cambió su vida e hizo que ya solo tuviera sueños, aunque enseguida se nubló la ilusión de lograr el éxito. Después fue banderillero de mil festejos donde alternaba plazas de talanqueras con las grandes ferias, hasta que un día, ya con el peno encanecido, el tiempo fundió sus luces de plata.

Mientras, también fue empresarios de plazas de pueblo, donde vivieron el sabor agridulce de los inicios muchos principiantes que se fueron quedando en las cunetas del toreo. Por eso, en La Ribera, en Lumbrales, en Villavieja o en otros pueblos aún recuerdan sus andanzas empresariales. Eran tiempos de fondas impregnadas de olor a faria, de tintorro. De ilusiones que se iban marchitando y de hombres con guayabera que llegaban bajo promesas de grandeza.

Sueño de ilusiones
Pepe ‘Güevero’ encontró, como tantos muchachos de la década de los 40, en el toro la vía de escape para redimirse de la dureza. España estaba rota en años de postguerra y de hambre, cuando una tarde de invierno se enteró que Manolete tentaba en la vecina finca de Campo Cerrado. Y entonces allí acudió para disfrutar de un acontecimiento que cambió su vida.

Desde aquel día, ya sus pasos quedaron marcados por Manolete, que le impresionó mucho más cuanto tímidamente fue a hablar unas palabras con él (las pocas que se podía y más entonces). Pero de ese momento quedó el recuerdo de un autógrafo que conserva como un tesoro. Un autógrafo firmado en una época donde no había ni bolígrafos, únicamente la solidaridad con el muchacho de algún pudiente que observó la escena y prestó su pluma. Hoy, aquella rúbrica es el más preciado de los miles de tesoros que guarda Pepe ‘Güevero’.

Un torero de su pueblo
Los años pasaron y el toreo comenzó a quedar lejos, hasta que en los primeros años 60, en La Fuente de San Esteban, su pueblo surge Pallarés, que enseguida deslumbra a todos con sus finas maneras.

Entonces, Pepe Güevero deja el volante, retoma otra vez los caminos del toreo y se enrola como banderillero en la cuadrilla de su paisano. Con él vive una gran época, que le abre otras vez las puertas de la Fiesta (que es ya su vida e ilusión) y de la que guarda infinidad de recuerdos, «tuvo en sus manos las llaves del Banco de España», responde cuando le preguntan por el torero de La Fuente.

Entonces, junto a Pallarés se labró su futuro y conoció a gente, como Rafael Sánchez ‘El Pipo’, en unos tiempos donde apoderaba a novilleros con ciertas condiciones, «va a ser mejor que Manolete y Pepe Luis juntos» decía El Pipo entusiasmado cuando hablaba de sus toreros.

Con El Pipo ejerce, en ocasiones, labores de representante y secretario. Sobre todo cuando llegan al Campo Charro los toreros que apoderaba, de los que se preocupa que tuvieran allanado el camino. Luego, en temporada, si había ocasión, ‘Güevero’ actuaba con los toreros del Pipo. Y así, lo hizo con Curro Vázquez, con Porras o también en alguna ocasión con José Fuentes (¡Linares nos lo quitó, Linares nos lo devuelve!). Y por medio, varios años con Juan José, otro ilustre paisano, al que apoderaba Manolo Lozano, que protagonizó deslumbrantes temporadas.

Fiel a su tierra
Después, como un viejo guerrero, Pepe siempre volvía al encuentro de sus orígenes. Y de cada viaje llega cargado de carteles antiguos que valen un dineral (tiene una colección impresionante), o los más pintorescos objetos relacionados con el toreo que dejaba siempre arrinconadas. Además, poco a poco fue adquiriendo valiosísimos coches de caballos, los mismos que un día prestó para una exposición en Ciudad Rodrigo. Allí permanecieron un tiempo y cuando quiso ir a buscar sus carros, le pasó como a Manolo Escobar, que se lo habían robado.

Ajeno a barullos, pasota social y viejo lobo solitario, ahora cada día dirige sus pasos camino de la taberna, donde entra y sin decir nada ya tiene servido su ‘perro’ (como llama al chato de vino blanco).

Y mientras espera que llegue a su calendario particular el día de emprender viaje a sus ferias habituales, Valencia, Sevilla, San Isidro..., donde ahora casi siempre acude a las corridas donde torea El Cid, que fue la última ilusión de su vida y a quien la buscaba campo, mucho antes de que el torero de Salteras saltara a la fama.

Después, como siempre, Pepe ‘Güevero’ regresa a su pueblo hasta que mediado el verano barrunta la Semana Grande de San Sebastián. Entonces, el día de la marcha, sin despedirse de nadie y con el único equipaje de la ilusión marcha a la estación y toma el tren (el legendario y entrañable Sudex) camino de Donosti, donde arriba unas horas más tarde y se despedeza paseando por la Parte Vieja. Allí, bajo el alocado vuelo de las gaviotas, con su jersey de lana y una camisa, casi siempre, del año de maricastaño pasea su soledad en busca de sueños que ya no volverán y a lo mejor hasta se encuentra con un paisano con el que tomar un ‘perro’.

Porque es un hombre que goza de cierto fervor entre su paisanaje, pues hasta le dedicaron un pasodoble que todavía cantan algunas pandillas en las fiestas del Corpus: «Pepe ‘Güevero’ y olé/Pepe ‘Güevero’ y olé», que dice el estribillo.

Un pasodoble que fue obra del muy popular Gerardo, el mayor de los autobuseros hermanos Martín como particular homenaje al pintoresco banderillero local Pepe ‘Güevero’, el superviviente de una época torera que ya murió.
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