Hemeroteca :: 19/12/2006
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CAMPO

VILLARINO DE LOS AIRES

Cabrero. Con 50 años a sus espaldas, mantiene un oficio a punto de desaparecer

Última actualización 19/12/2006@00:00:00 GMT+1
Juan baja cada mañana por Zarapallas para continuar con el oficio que heredó de su padre (Foto: Corral)
Dicen que por Ambasaguas, allá donde estrechan sus lazos el Tormes y el Duero, entre ladera y ladera anda un duende que aparece y desaparece como por arte de magia, que sólo los que por allí nacieron, y se criaron a la sombra de los molinos, son capaces de ver entre los paredones, subiendo y bajando por los Cabriles como si no pisara el suelo.
Miguel Corral

Desde hace ya casi medio siglo, quienes le conocen, le llaman Juanín, el mayor del ‘tío Maleno’, para más señas, y cuentan que se entiende con sus cabras apenas con la mirada.

Su presencia está reservada para los inocentes, para los que como él, nunca hicieron mal a sabiendas; una imagen que se confunde con un paisaje del que forma parte hace cincuenta abriles; la mochila a cuestas, el tapabocas al hombro, un gorro de lana para las orejas y un cayado, componen el resto de una silueta que emerge al despuntar el alba, Zarapallas abajo; sí, al lado de aquel molino maldito en el tiempo donde las brujas, en las noches de luna llena, 'pasaban por encima de las nogales y atravesaban los zarzales'.

En la ladera, ya se dibujan perdidas en el monte las que ha tenido como únicas amigas durante toda su vida, las que jamás le han traicionado, y que aparte de algún que otro mal rato, le han sido fieles compañeras, bajo la lluvia, con el fuego del sol de agosto y en la escarcha de los meses de invierno, porque en Las Arribes, aunque menos, también el frío se mete hasta los huesos.

Juanín y su cabría, son cómplices del silencio, de una soledad sin palabras que rompe por momentos una voz al aire o la llamada a algunos de los dos guardianes que le acompañan cada día; el hijo del tío Maleno no necesita más para ser feliz, aunque a veces, ensimismado en el aprisco del Berrocal por la tenue luz de la antorcha de un viejo farol de aceite, reconoce que «esto no es vida».

Hay quien recuerda que el ‘tío Maleno’ era un hombre alegre, reservado, por aquello de la soledad del campo; tan pequeño como buena persona, una bondad que dejó de legado a sus hijos, pues nunca nadie oyó hablar mal de aquel hombre, que tan sólo estuvo en boca de todo el pueblo cuando una mala caída le gangrenó una de sus piernas, un recuerdo sobre el que Juanín prefiere pasar de largo con una voz a las cabras que se quedan para atrás bajando por el regato de Zarapallas.

Juan no busca respuestas más allá de lo que ven sus ojos; como sus cabras, permanece fiel a todo cuanto le rodea, sabe que nació para esto y por ello es su vida. Como a tantos otros, aún en su memoria, le salieron los dientes dando tumbos entre lastrones y pallas; el hijo del tío Maleno es pues el último de una estirpe, una dinastía de valientes que supo salir adelante a pesar de tenerlo todo en contra, de aquellos que eran capaces de ordeñar una cabra a la carrera entre la Revuelta y las Eras, sin poner el tajo de camino a la cuadra de su dueño, porque como la mayoría de los buenos cabreros, Juanín, un día, guardó las de todo el pueblo.

El aprisco es su peor enemigo
Cada mañana se despierta renegado por saber lo que primero le aguarda. El aprisco es su peor enemigo, lo que le ha hecho pensar más de una vez sobre un nuevo oficio. A estas tareas le ayuda Manolo, el hermano que a veces pone orden a sus ideas, el mismo que le envenenó con su afición por el fútbol, porque Juan, como en el famoso anuncio, es del Madrid, pero siempre está a lo último de su equipo. Para ello, cada día se hace acompañar de un pequeño transistor, especialmente los domingos, aunque si puede, prefiere ver el partido en casa y discutir alguna que otra jugada con Manolo, porque además de hermano, es su único amigo.

Tras ordeñar cada mañana, se dirige hacia el Teso de la Bandera, pues en la ladera del Duero hay poco que guardar y sabe que en el Reventón se le aparece de vez en cuando la sombra de algún guardia retirado que le tiene entre ceja y ceja.

El rebaño se reparte buscando hojas de carrasco, zarzas y algún que otro almendral bravío; el sol aparece entre la niebla y la escarcha se convierte en el rocío que riega el verde pasto del mes de diciembre. El ‘blanquillo’ aparece sobre su cabeza y recuerda que para él también es momento de abrir el fardel. Mientras pacientes le miran sus guardianes, la navaja se hunde sobre el pan para cortar un buen pedazo sobre el que colocar un cacho de jamón que ponga fin a la tormenta de sus tripas. Saciado el monstruo, aparecen nuevos sueños para Juan, fantasías que apenas comprende porque no necesita más para saber que es la felicidad.

Dicen que en Ambasaguas, entre ladera y ladera, aparece con el sol un duende que un día cambió su capa mágica de la niñez por el tapabocas que le pone a cubierto de la madurez, de la sinrazón que algunos llaman cordura, pues a pesar de los años hay cosas que Juanín, ‘el hijo del tío Maleno’, aún no entiende.
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