TOROS
El protagonista de la semana
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| Paco Núñez, en la plaza serrana de San Miguel de Valero, momentos antes de hacer el paseíllo. Fue la penúltima tarde que se vistió de torero |
Última actualización 22/10/2005@00:00:00 GMT+1
P. C.
Llega a la cita puntual, con andares toreros y barba de varios días –a lo Rafael de Paula–. En una mano lleva una bolsa de obleas que acaba de ir a buscar a un cercano convento, en la otra un paraguas, con el que acompasa sus andares. Son los primeros días como ‘civil’, tras su reciente retiro como torero. Los primeros, donde ya se ha olvidado de los nervios y miedos de la profesión, después de 38 años dedicados a un arte que vivió y sintió, pero de donde se marchó con un sabor agridulce.
Hace unos días se cortó la coleta en El Maíllo, ¿qué sentía en esos momentos?
Todo. Fue muy intenso. Me parecía mentira que me hubiera llegado el momento. Luego, realmente hubo varios minutos donde repasé mentalmente toda mi carrera y recordé mis principios al lado Fernando Domínguez, de Tito Guerra, de Juan Antonio Pedraz, de Avelino.
Avelino era Julio Robles, ¿no?
Sí, Julio Robles, íntimo amigo mío. Bueno, un hermano.
¿Hubiera deseado cortársela en una plaza de más relumbrón?
No. Me siento orgulloso de que fuera allí, en El Maíllo y ese rato no lo cambio por nada del mundo. Ni por 15 Mercedes. Además, esa tarde hubo detalles inolvidables, como el abrazo de Juan José, el de José Ignacio y el de todos los compañeros que torearon ese día. Juan José me dijo que era una pena que me fuera ahora, que era cuando mejor andaba.
Esa tarde estuve yo en la plaza y recuerdo que el primer par le quedó descolocado. Era un novillo bastote, con poco cuello y difícil de banderillear y encima en una plaza pequeña; sin embargo, en el segundo par (el último de su vida) se entregó y arriesgó mucho para dejarlo en todo lo alto. Fue una cosa de amor propio, ¿no?
Sí, era mi último par y aunque el novillo era difícil quería irme con buen sabor, pues yo siempre me he sentido torero. Y así fue.
¿No se volverá a poner delante?
No, aunque a lo mejor, una vez al año mato un toro y hasta que pueda, pero a mi nivel. Aunque todavía no lo sé, hay que ver cómo se desarrollan las cosas, que eso no están fácil.
¿Cómo se explica que los toreros se retiran cuando le fallan las facultades y usted se va cuando mejor anda?
Porque viví en torero.
¿Este año no se celebra el tradicional festival de los banderilleros?
En principio dijeron que sí, que sería el 30 de octubre en Alba; entonces pensé en torear y me hubiera cortado la coleta al final, pero finalmente no se celebra.
¿Se va decepcionado del toreo?
En parte sí, pues me he sentido maltratado, pues cada vez hay más caciques. Y como he ido por libre no aguanto a ninguno.
¿La Fiesta va a peor?
Sí, sobre todo porque se ha perdido el respeto entre los profesionales, entre las nuevas generaciones falta aquel respeto que existía y que en mi época se llevaba a rajatabla. Ahora, todo les da igual; por ejemplo llega Manzanares y en vez de tratarlo como se merece un tío de su categoría, le dicen: «Qué pasa, Chema, tío». Y esas formas han hecho mucho daño, junto a otras muchas cosas que han maleado mucho a ese arte y la verdad que nadie se ha parado a frenarlas.
¿El toreo es grandeza?
Debía serlo, pero desgraciadamente cada vez menos, por muchas cosas. Aunque para mí y los que nos sentimos toreros, desde luego que sí, que es grandeza. Yo por eso me hice torero.
¿Quiénes han sido sus amigos en su última etapa?
Tomás Pallín, un gran torero, como también Flores Blázquez, Nacho Moro, Fernando Domínguez y Tito Guerra. No sé si me olvido a alguno, pero sobre todo, los que te he nombrado.
¿Dígame el nombre de algún taurino que le haya marcado?
Andrés ‘El Gravao’, todo un personaje y una auténtica institución en el mundo del toro. El día 15 hizo tres años que se murió y nadie ha recordado la fecha. Yo todos los días lo tengo presente. Ese fue un personaje que marcó toda una época.
Antes habló de Julio Robles, con quien usted estuvo muy vinculado, ¿cómo llego aquella amistad?
Nos conocíamos, pues los dos éramos toreros, cuando estábamos empezando. Pero la verdadera amistad surgió a raíz de una festival que toreamos en Lumbrales, donde yo corté un rabo a un novillo que le brindé a Manolo, el de la gasolinera, que era un hombre de allí, que nos fiaba la gasolina.
¿Y a partir de aquel día?
Ya estuvimos siempre juntos. Hubo ‘feeling’ que se dice ahora. Luego, en invierno yo me marchaba a su pueblo, a Ahigal de los Aceiteros y entrenaba con él, también aprovechábamos para ir de cacería, pero siempre viviendo en torero. A Lumbrales íbamos muchas tardes, pues éramos muy amigos de Sixto y Antonio Bartol, unos fenómenos, que son los dueños del restaurante ‘El Apartadero II’.
Cuando estaban en Ahigal, ¿dónde entrenaban?
En las eras del pueblo. Fíjate lo que ha sido Julio Robles con el capote, pues al principio, de novillero lo cogía como si fuera un saco y fue yo quien le dijo cómo se debía coger, siempre con las yemas de los dedos, sin brusquedades, con mucha naturalidad.
¿O sea que usted fue quien enseñó a Robles a torear de capa?
Sí, fui yo quien lo enseñó y el mismo Avelino siempre lo decía.
¿Y siguieron siendo amigos siempre?
Sí hasta el final. Avelino, que es como yo siempre llamo a Robles, decía que tenía cuatro ‘compis’ de verdad y que yo era uno de ellos. A mí siempre me llamaba ‘compi’, aunque al final, ya cuando fue figura, le salían amigos por todos los sitios. Ahora, cuando veo a sus hermanas, a su hermano Florindo o a sus sobrinos, a quienes tengo mucho afecto, siempre nos acordamos de cosas, pues son muchísimas las vivencias.
Tendrán cientos de anécdotas juntos, ¿no?
¡Si yo te contara! Era yo novillero y me pegaron una cornada en Madrid; precisamente el mismo día, a él lo mandaron al hule en Valladolid. Fíjate que las cornadas, además, fueron en el mismo sitio y encima la casualidad de que éramos tan colegas. Recuerdo que me llamó y me preguntó si la mía era muy grande, entonces le dije que sí, pero que yo había cobrado más que él.
¡Al menos!
Claro, pero aunque fuera novillero yo cobré más, toreaba en la plaza de Madrid.
Usted fue matador de toros, ¿por qué no cuajó?
Sí, tomé la alternativa en la plaza de Las Ventas el 24 de septiembre de 1978. En Madrid que es donde hay que tomarla o en ferias de tronío, pues no se puede, como hacen ahora, tomarla por tomarla. Eso tenía que estar mejor reglado, ahora cualquiera presume de ser matador.
¿Y por qué no llegó?
Tomé parte únicamente en dos corridas de toros y al año siguiente, aquí en la Feria de Salamanca, me anunciaron el día de San Mateo con una del Conde de la Corte y me fui. Tomé la decisión de retirarme.
¿Y eso?
Pues vi toda la mangancia y la mentira que había en el toreo.
¿Y después decide hacerse banderillero?
Sí, en 1987, pues vestido de plata también se es torero.
En su larga vida profesional, ¿a qué toreros ha admirado?
A Ordóñez, a Curro Romero, a Paula y a Manolo Cortés.
Arte puro.
Sí y mucha grandeza.
¿Y de chaval en Salamanca?
Entonces, cuando yo quería, aquí en Salamanca estaba todo el toreo. Recuerdo a Dámaso Gómez, un torero grandioso al que le tenía que haber dado más sitio y fue uno de mis maestros; a Paco Camino, un figurón del toreo; a César Girón, que tenía una raza asombrosa y otros muchos que siempre estaban aquí, en La Sindical, que antes llamábamos Educación y Descanso.
¿Eran mejores esos tiempos?
¡Dónde vas a parar! Con diferencia, lo de hoy ni es grandeza, ni nada, pues hay mucha mentira. Entonces sí que había tíos de verdad y de palabra. Y entre los ganaderos ni te cuento.
¿Cuáles fueron los que le dieron más cancha?
Manolo Cobaleda, Paco Galache y su hermano Salustiano, Lisardo Sánchez, Atanasio Fernández, Miguel Zaballos, Leopoldo Lamamie de Clairac, el marqués de Albayda, todos muy buena gente. La prueba está que con ellos, la Salamanca campera vivió sus mejores días y era respetada.
Y el invierno taurino era muy distinto al de ahora, ¿verdad?
Completamente, entonces los toreros vivían aquí y no como ahora que van y vienen.
¿Fue un privilegiado entonces?
Algunas veces sí. Por ejemplo, recuerdo que el señor Antonio, el marques de Albayda, me iba a buscar a mi casa, en un 600 para llevarme a la finca de Mozarvitos, a tentar.
¿Por qué tenía tanto interés?
Luego, me enteré que decía a la gente que yo era el que mejor tentaba y el maestro Antonio Bienvenida, con quien coincidí muchas veces en el campo lo corroboraba.
Pues tocayo, muchas gracias, enhorabuena y que sea muy feliz en su nueva vida.
Y tú que lo veas.