OTRAS
Última actualización 12/12/2003@00:00:00 GMT+1
B ajo el sugerente y cuasi místico título embelesador se esconde, mejor, se asoma, un libro cargado de viviencias, de reflexiones y de sinsabores. Cinco reporteros televisivos nos sirven en bandeja escrita media andadura profesional, en casos media vida vivida y sufrida desde la ilusión del periodista hasta el freno del auto-respeto personal. Luis, Esperanza, Juan Manuel y Juan Jesús han mirado atrás sólo para recordar y brindarnos un pedazo de telerrealidad con equilibrio, sin más estridencias que las que proporciona la verdad de lo vivido. He citado 4 de los 5 nombres porque me quiero detener en Javier Gallego, salmantino, y joven comprometido, que cree en su trabajo, a veces con más pasión que coherencia, pues éste roba tiempo de una vida intensa que deja atrás sin temblores, sin ruidos. Un tiempo que no se recupera y aun así se cede al periodismo embriagador, cegador, tórrido pero auténtico. Javier lleva muchos años abonado a la cara hiel de lo noticiable desde el escaparate del programa de Antena 3 Televisión, Alerta 112. El programa presentado por Esther Malagón que, desde la madrugada, nos ha revelado la sórdida capacidad del ser humano, en positivo y negativo, vende historias reales, casos estremecedores donde hay unos protagonistas que conviven con unos extras llamados reporteros; ésos que desde un anonimato taquicárdico acercan con pudor lo visto, oido y vivido.
Javier Gallego nos sugiere cómo en su particular mundo, el de reportero de sucesos, se convive con puertas cerradas, con miradas de desprecio... «ojos que te reprochan lo que haces pero que a la vez serán los primeros devoradores de la noticia». Un escalofrío me recorre cada vez que intuyo la soledad en la que se desenvuelve Javi y los demás autores-reporteros. Un interrogante ante un caserón vacío donde establecieron una cita, un helado resoplo ante la mirada de un traficante de drogas puesto hasta las trancas de coca, un acojonante palpitar frente a un asesino con el ‘presunto’ por montera. Sólo ellos lo saben, por eso ellos lo cuentan.
Desconozco si el audímetro de este país está loco, manipulado o es fiel testigo del gusto ajeno; lo que me consta es que el asesinato, el abuso, el crimen consumado o la desgracia lacrimógena del otro se ve, se consume con pasión, se atraganta por exceso y luego... todos escupen pestes inquisitorias con lo que se observa y se predica. Cuánto embuste y cuán poco reconocimiento al reportero de bolsillo, ése que se dejaría la vida en un suspiro y suspiraría por una vida sin sobresaltos.
La particular noche sin estrellas de estos 5 jóvenes aventureros en la corte de las 625 líneas es un manual de emociones para nuevos ilusos de esta vieja profesión periodística. Javier y los suyos forman parte de esos trotamundos que en las carreteras de nuestro país acumulan frío, tiritonas de miedo y descargas de adrenalina sin igual. Es éste un libro recomendable pero es ésta una actividad admirable, por lo que da, lo que quita y lo que muestra: una realidad sin maquillaje.
El día que amanezca sin un suceso destacable; la mañana que ausente el dolor y el lamento de las primeras páginas de información; ese día en que el rocío del alba no denote el llanto de otro débil vapuleado será el momento de mirar a un cielo plagado de estrellas consejeras, de infinita bondad, de blanca realidad. Ese día, dejémonos de cuentos... no existirá. Y mientras haya dolor, injusticias y despreciables, yo al menos quiero que me lo cuenten, sin más morbo que el que yo le ponga a mi digestión informativa.
Por otro lado, las noches vacías de contenido estrellado son la cantinela de tantos charros desesperados en sus anhelos cotidianos que a ellos también dirigimos nuestras miradas. Para todos aquellos que no ven la estrella que guía sus pasos por la densa nubosidad que cubre el cielo, ánimo sin contemplaciones y orgullo en sus decisiones.