OTRAS
Ambasaguas
Última actualización 19/05/2005@00:00:00 GMT+1
Avanza mayo, el mes de las flores, con la atmósfera oxigenada por ese viento de cambio que todo lo impregna, menos las cavernas que permanecen bloqueadas a la realidad de una primavera que llega cargada de vida e ilusión.
Aún recuerdo aquellos días en que salíamos felices a buscar amapolas y petunias, margaritas y alhelíes, rosas y begonias, para adornar el pequeño altar que habíamos levantado en la pequeña escuela. Doña Tene, cuyo nombre era Clementina, nos enseñaba angelicales cánticos para honrar a María. Eran tiempos de inocencia, de niñez, de felicidad embelesados por una tierra que nos abstraía en esa verdad que transmite el campo abierto en Las Arribes del Duero, una zona que conduce a la meditación y placidez de los sentidos. Pero éramos niños.
Mayo, decía mi abuela que el mes más bonito y celestial porque vuelve a resurgir la vida con la multiplicidad de colores, viene en estos tiempos cargado de escarcha y sinrazón.
Prefiero embargarme del aroma de la campiña salvaje cuando el espíritu vaga por las laderas del río, ahora silenciosas. Busco el regreso al valle del Bravío para deleitarme con el sonido del piorno cuando se mece por la brisa húmeda que sube del Duero. Prefiero el rebuzno del burro en las praderas del Espinar a tanto rebuzno que nos atrona sin cesar. Por querer, quiero perderme en la conversación del tiempo con los escasos abuelos que aún quedan en Las Lastras. La muerte llega inmisericorde con esa fuerza que todo lo puede, como también el sol estival y el hielo del invierno para helar las vidas.
Mayo también me embarca en el viaje a Trás-Os-Montes en la búsqueda de mis ancestros paternos. Esa tierra curtida a base de piedras y esfuerzo, de sudor y casi miseria.
Portugal, mi otro país, también por mayo ofrece el abrazo del cielo azul y la sequedad del olor a salitre que llega allende las ‘serras’. Trás-Os-Montes, de Mogadouro a Bragança, de Miranda a Bemposta, de Semdin a Mirandella, es el encuentro con la historia que nunca avanza. Es la vida que se perpetúa impasible en la primavera que llega.
Mayo avanza al compás de nuestra vida, o, más bien, nuestra vida es la que sigue la estela de un mes que se marcha ajetreado por tanto granizo prematuro, tanto rebuzno, tanta sequedad mental y tanta grama como intenta crecer e incrustarse en la tierra fértil de un tiempo que nos robaron y ahora nos pertenece.