Hemeroteca :: 15/06/2009
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OPINIÓN
Última actualización 14/06/2009@23:25:23 GMT+1
Más preciado que el oro a estas alturas de la Historia, el tiempo es hoy un bien escaso. Y, sin embargo, tenemos más del que hemos tenido jamás porque ha aumentado la esperanza de vida. Entonces, ¿por qué escuchamos frases como “no tengo tiempo para nada”, “estoy a tope”...? ¿Por qué nos sentimos abrumados luchando contra el tiempo, estresados, con la sensación de que no podemos con todo?
Quizás la explicación haya que buscarla en que vivimos una época acelerada. Además de trabajar, llevar una familia o cultivar la relación con los amigos, queremos que sea compatible con el gimnasio, leer, viajar, asistir a cursos, ver la televisión, navegar por internet... y más.

Esta pretensión es natural, porque gozamos de unas posibilidades que no han existido nunca y deseamos aprovecharlas, pero no sabemos dar valor al tiempo ni emplearlo adecuadamente, y en esta vorágine perdemos de vista lo prioritario.

Para sensibilizar a la opinión pública y conseguir una mayor reflexión sobre los usos del tiempo promovimos, desde la Fundación Independiente, la creación, en la primavera de 2003, de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles.

Esta Comisión defiende una mejor gestión del tiempo e incide en la necesidad de cambiar nuestros horarios y nuestros hábitos, que son singulares en relación con los de otros países europeos. Y, sin duda, manifiestamente mejorables.

En Alemania, Francia, Holanda o Italia se termina de trabajar a las cinco o las seis y queda tiempo para desarrollar la vida personal y familiar. Por el contrario, en España, con esas prolongadas jornadas que se extienden en muchos casos hasta la noche, los horarios nos obligan a llegar a casa tarde y agotados; a dormir poco y mal; a no tener tiempo para nosotros ni para compartirlo con la pareja y nuestros hijos, y mucho menos con familiares y amigos...

Es una realidad que quienes viven en ciudades con una dimensión razonable disfrutan de unos horarios más racionales que aquellos que vivimos en macros urbes en las que las dificultades para conciliar la vida personal con la vida es más difícil, ciudades más ‘humanas’ aquellas que no superen los 100.000 habitantes en las cuales el hombre o la mujer que trabajan por la tarde pueden ir a casa a comer, pasear y almorzar con su familia, algo impensable para los trabajadores madrileños o barceloneses.

No acostumbran a tener grandes distancias entre el lugar de trabajo y el de residencia, ni suele haber atascos ni largas colas ante las ventanillas de la Administración... Se disfruta de una cierta tranquilidad, de un ocio diferente y sosegado...

Las propuestas que hemos formulado desde la Comisión Nacional abarcan las 24 horas y a todos los ciudadanos, incluidos los de poblaciones menores. Pienso en los horarios de algunos programas de radio y televisión, que comienzan tarde y terminan de madrugada, y que son los mismos para toda España, con su repercusión en las horas de sueño y en la mayor siniestralidad laboral y de tráfico; o también en la necesidad de coordinar los horarios laborales con los escolares.

En concreto, la Comisión plantea que, de lunes a jueves, la jornada laboral comience entre las 7.30 y las 9.00 horas y finalice entre las 16.30 y las 18.00, con un descanso al mediodía de 45 a 60 minutos, tiempo suficiente para almorzar, por ejemplo una dieta mediterránea, e incluso echar una breve siesta; y que los trabajadores dispongan de la tarde del viernes libre.

Igualmente, aconsejamos un desayuno fuerte entre las 7.00 y las 8.30 horas, un almuerzo ligero entre las 12.30 y las 14.00 y una cena suficiente entre las 19.00 y las 20.30, como pautas generales que cada uno debe adaptar a su propia actividad y requerimientos.

Aprendamos, asimismo, a distinguir lo importante de lo accesorio. Y, en definitiva, valoremos cada minuto del hecho radical de la existencia, porque en eso consiste el arte de vivir.
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