OPINIÓN
Última actualización 06/05/2009@23:31:58 GMT+1
El Tribunal Supremo ha absuelto a un abuelo condenado por la Audiencia Provincial de Salamanca, que había abusado de su nieta en reiteradas ocasiones cuando era niña. La clave de la absolución radica en que los hechos prescribieron un par de meses antes de que la nieta, hoy mayor de edad, denunciase a su abuelo.
Cuando uno lee hechos de este tipo, además de hacerse sangre por dentro, sólo puede preguntarse por qué la justicia se escribe en minúscula, por qué a veces camina tan lejos de los ciudadanos, de la razón y del orden natural de las cosas.
Cuando un abuelo abusa de una nieta, además de vulnerar los más elementales principios del amor, de la ternura, de la cordura, de la lógica y de la sangre, no hay plazos, no hay leyes, no hay prescripciones que valgan.
La dignidad, señorías, no prescribe, igual que no prescribe el derecho de los niños a una infancia feliz y en paz, a una infancia sin miedos, ni abusos, sin amenazas y sin la huella sucia del abusador en su piel y en sus entrañas. Porque ahí radica el tema. En las entrañas. Y sobre las entrañas no hay nada recogido en el Código Penal ni en las leyes que hacemos los hombres sin pensar en los hombres.
Yo no sé qué sentirá esa joven que, después de pasar un calvario a la sombra de su propio abuelo; después de denunciar los hechosy revivirlos ante un tribunal, pasa a ser una doble víctima consentida por la justicia sin justicia.
Víctima de los abusos en el seno de su propia familia, en una casa –la de los abuelos– que para los niños es lugar de juegos y de ternura en estado puro, y no del pensamiento sucio y enfermo –sólo desde la enfermedad pueden entenderse, que no justificarse, comportamientos como el que nos ocupa– y víctima de un sistema que, examinado a ras de suelo, a pie de calle, no se puede entender.
No sé qué tiene que sentir en el estómago esta joven, que ve cómo las más altas instancias de la Justicia de este país absuelven a quien manchó con ignominia los lazos de la sangre y de la dignidad, el derecho a ser, a estar, a crecer, a jugar, a ser una niña. Sólo eso: una niña. Quienes sean padres y disfruten de la bendición de ver crecer a sus propias hijas saben de lo que hablo. A mí, que no tengo hijas, pero que también fui niña, me llena de indignación y de impotencia.
Ahora, aquella niña que pasaba los veranos en el pueblo bajo la sombra enferma de su abuelo, se conviverte, por mor de los tribunales, en una víctima reconocida pero sin derecho a la reparación de la herida, con hechos probados, a la que ninguna justicia le puede resarcir de la humillación sufrida en sus carnes y en sus entrañas, mientras la convertían en una muñeca rota de un sistema roto, de una mente podrida.
La dignidad, señorías, no prescribe. La dignidad, a veces, es el único bagaje que nos sostiene en pie. La dignidad es un derecho fundamental del hombre. Lamentablemente, en este país, la dignidad tiene fecha de caducidad. Qué asco.