OPINIÓN
Última actualización 29/04/2009@23:13:05 GMT+1
España vive pendiente de la gripe porcina, que podría convertirse en una pandemia y que tiene en alerta a la sociedad, pendiente de cuantas noticias se generan sobre el virus que ha dejado más de 150 muertos en Méjico y que se ha extendido como la pólvora por más de medio mundo, aunque siempre con el punto de partida en el país azteca.
Me comentaba ayer mismo un amigo –médico en sus ratos laborales y sanador de almas en los libres–, que en los últimos días aumenta también el número de hipocondriacos, a quienes les falta poco para achacar dos décimas de fiebre al consumo de jamón, que sigue siendo sanísimo, o a escuchar de forma casual una de mariachis en la radio.
El miedo es libre, por mucho que las autoridades no dejan de lanzar mensajes tranquilizadores para paliar el desasosiego general y el bombardeo de casos crecientes que vamos conociendo por la prensa, si bien la mortalidad registrada en Méjico es más achacable a las deficiencias de su sistema de salud pública que a la peligrosidad del virus en sí.
Sin embargo, España sufre otra pandemia mucho peor, para la que no existe vacuna ni tratamiento a corto plazo, ni sistema que garantice una dulce convalecencia, ni mensajes que no suenen a discurso político vacíos de esperanza y de soluciones, al menos por el momento; se llama paro.
En el país, ha dejado a más de cuatro millones de afectados y sólo en la provincia de Salamanca 27.500 personas lo padecen. Y las cifras siguen creciendo, danzando al son de la crisis mundial, de las malas políticas económicas y de no sé cuántos factores más que han dado al traste con el pan y los sueños de miles de ciudadanos. Y esa pandemia sí que me da terror.
No tengo conocidos afectados por el virus H1N1, a Dios gracias, pero sí los tengo engrosando la larga lista del INEM, víctimas de los recortes empresariales, de los números que no cuadran, de la incapacidad de un sistema que se ha mantenido mucho tiempo por encima de sus posibilidades, alimentando el consumismo como una loba a sus cachorros.
Ahora vivimos el tiempo de las vacas flacas, la recesión, el paro creciente que ha alcanzado en el mes pasado su cota histórica y que obligó a remodelar un Gobierno cuya política económica y laboral está en constante tela de juicio, aunque la situación sea un caramelo envenenado, mitad heredado, mitad provocado, que entronca directamente con la píldora amarga que paladean todas las economías del mundo.
El Gobierno, en un intento de salvar la situación, ayuda a los municipios con los Fondos de Inversión Local. Pero la medida más parece un chaperón que una solución definitiva. Estos puestos temporales, serán mañana paro vuelto al paro, familias en precario, desesperación a final de mes, jornadas en blanco y apreturas en el día a día. Hoy mismo sabemos que en Béjar el matadero reducirá su plantilla a la mitad.
Esta pandemia, que asola España como el peor virus, que ataca de principio el derecho al pan y al trabajo, es la que me da pavor.