OPINIÓN
Última actualización 15/04/2009@23:40:43 GMT+1
Debería estar con la depresión postvacacional y sumar, además, la de dar carpetazo a mis felices y no tan felices treinta, que de todo hubo en estos últimos diez años de ida y vuelta, de norte a sur.
Debería mirarme al espejo y renegar de las incipientes arrugas, que siento como jubilosas heridas de guerra, dando fe de las batallas superadas cada año, cada día, cada instante, cada noche. Que me recuerdan que me hice fuerte sobre mis derrotas; que me enseñan a leer el tiempo pasado haciendo surcos en la frente, en los ojos, en los labios perfilados en besos que no di, en los nombres que nunca pronuncié.
Debería restar algún guarismo de mi guarismo, falsear la fecha del carné como las famosas de medio pelo que reniegan del privilegio que es seguir sumando, y no lo hago por si se me olvida que si sigo en pie es porque soy superviviente de los malos vientos con que alguna vez la vida empujó mi barca. Y no quiero olvidarlo para que, cuando vuelva su soplo gélido, no me pillen con el alma tan de andar por casa, con el corazón tan a pelo.
Debería resignarme a aparcar los sueños, pero profeso en el credo del futuro como si anduviese a gatas por una vida aún por construir.
Debería sentirme cansada, compilar decepciones y fracasos, pero he decidido poner en la azotea la bandera de la sonrisa. Y brindo por los que ya no brindan conmigo, y echo la vista atrás y me da vértigo pensar que quedarán ahí, eternamente jóvenes, mientras yo voy macerando los días y consumiéndolos como si fueran el primero. Por ellos, sobre todo por ellos.
Debería abandonar el resquemor a crecer, comenzar a ser políticamente correcta, pero de siempre los eufemismos me parecieron tan anormalmente incorrectos que siguen siendo el escudo para no tostarme al sol que más calienta, que te seca el alma como si se la hubieses vendido al mismo diablo.
Debería estar preocupada ante el mañana, pero me veo reflejada en esas mujeres que van dorándose con el paso de los años, cuajándose como la fruta madura, como si fuese una pátina sobre la intuición y los saberes antiguos que traemos las hembras cosidos sobre el ombligo por pura genética.
Y celebro. Celebro porque me gustaría verme reflejada en esas mujeres valientes –sin complejos, sin murallas–, cuarentonas esplendorosas que se crecen como leonas altivas con garras de terciopelo y sabiduría de siglos sobre sus propias ruinas, sobre el dolor, sobre el tiempo, que no pasa, que no cesa.
Y me parece mentira traspasar los umbrales de los cuarenta pisando de puntillas sobre lo vivido, como si no hubiese cristales, como si no hubiese espinas que hayan descarnado mis pies en el camino recorrido; enfilar la recta con esquinas que dista hacia el medio siglo vestida aún de niña, porque no renuncio a mirar con ojos de niña las cosas que nos hacen daño como adultos. Sin rencores. Sin miedos.
Y celebro. Celebro cada día como una bendición. Por tanta vida cumplida. Por lo que tenga que venir.