OPINIÓN
Última actualización 01/04/2009@22:50:30 GMT+1
Ahora que los almendros despuntan en primavera. Ahora que las noches son más cortas y la luz más cierta. Ahora, hoy, en este jueves primero de abril que no tiene tiempo, os hablaré de ella. De mi Zamora, de la tierra que late más allá del Tormes, a la orilla del Duero, escondida en el cerco de sus complejos seculares, atrincherada en el románico sin concesiones que la labró tan sobria, tan de una sola pieza, sin la filigrana dorada y barroca que corona cada esquina de la vieja Helmántica.
Allí, en la ciudad amurallada donde duerme la memoria de mi sangre, hoy Cristo sube Nazareno desde la orilla izquierda hasta las calles que le esperan. A la ciudad que lleva en volandas al Jesús de San Frontis, el arrabal de casitas bajas y las huertas. Del barrio a la capital, del templo extrapontem al corazón donde late la liturgia solemne, el silencio de siglos y la soledad de las capillas catedralicias.
Os hablaré de ella, porque hoy Cristo tomará la Cruz y la ciudad dormida, tan cerca, tan lejos, tan incomprensiblemente de espaldas, caminará a su lado vestida de calle, sin alharacas, en una rogativa de pueblo que abre los días santos en que Zamora se transforma y muere y resucita.
Os hablaré de ella porque todos tenemos una patria donde habita nuestra infancia, y la mía es un paraíso de túnicas y estameñas, de caperuces y pies descalzos, de noches gélidas y tardes bulliciosas, de rostros y advocaciones que busco ahora en otros altares y en otras cruces, a este lado del Tormes, mientras su poso queda junto a lo que más amo, intocable, intangible, que siempre me sostiene.
A tiro de piedra, en mi ciudad, el silencio hiere como un cuchillo al filo de la tarde del Miércoles, cuando Cristo pasa por la calle como un atleta portentoso suspendido en la Cruz en cuyo abrazo cabe el mundo. Cuando Cristo pasa con las manos abiertas, acariciando a los niños que lo miran absortos en los balcones y extienden sus manos para tocar sus carnes, para sentir en sus dedos el tacto de la madera que apuntala los cielos.
Os hablaré de ella, porque en mi ciudad la Soledad es una niña joven de luto transparente que lleva cosidas en sus manos las plegarias de todas las madres, de todas las hijas.
Os hablaré de ella, porque la madrugada es eterna el Viernes, cuando Jesús Yacente limpia de pecado y culpa las calles y La Congregación hace de la Plaza Mayor el epicentro de todas las pasiones, el milagro vivo de una ciudad que reivindica su historia vistiendo la leve túnica de laval, la cruz al hombro, el ‘Merlú’ eterno de bronce llamando a las puertas de cada día. Una ciudad que sube con el Nazareno a un Calvario urbano asentado sobre los adoquines. Una ciudad que abre la Pascua ascendiendo por las cuestas que desembocan en la plaza de los tilos, donde Cristo Resucitado proclama la vida en las varas floridas de los cofrades.
Os hablaré de ella, porque es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Porque ya es Semana Santa en mi tierra. Porque ésta es la Pasión que me enseñaron a vivir desde niña y la que quiero transmitir a los que vengan detrás. Porque hoy comienza el tiempo mágico, el invisible hilo que anuda el amor, el dolor y la vida.