OPINIÓN
Última actualización 25/02/2009@22:26:05 GMT+1
Tenía usted razón, don Miguel, cuando le confesaba a su médico de cabecera que se cagaba en el vapor, los sueros inyectados y el progreso, reivindicando su espíritu medieval. Como la piedra, don Miguel. Como la piedra dorada de esta Salamanca. Como la piedra románica y maciza de la tierra que me vio nacer, tan al lado. Como el bronce que aprisiona su espíritu sabio al pie de las Úrsulas, sosteniendo en su gravedad el peso de los siglos, la filosofía de la conciencia.
Yo, don Miguel, soy hija de tres generaciones más acá. Versión ‘tres punto com’ de las mujeres de su época. Y comienzo a añorar ya lo que en sus días era progreso, obsoleto hoy día por el incansable afán de robarle el alma al hombre.
Me confieso, don Miguel, dependiente de un teléfono que necesito llevar encima como si me faltase el aire si no noto su presencia en el bolsillo, haciéndome olvidar que de adolescente nunca necesité ningún dispositivo para llegar a las citas y encontrarme con los míos, sin necesidad de cinco llamadas previas y veinte mensajes de palabras encogidas a ‘ceronosécuántos leuros’ el envío. Me confieso esclava de un teclado que desordena mis días y mis pensamientos, que no huele a tinta ni a papel, que no guarda los secretos del instante porque con una sola tecla dejo políticamente perfecto lo que mi pulso, lo que mis dedos trazaban siempre imperfecto sobre la rugosa superficie de una libreta bordada en la humilde lengua azul de mis bolígrafos Bic.
Soy hija, don Miguel, de la soledad que se disfraza de compañías en la red de redes, en esa tela de araña que tejemos cuando llegamos a casa y no escuchamos más voz que la de nuestro silencio. Soy hija, don Miguel, de la ciencia que dirime si es ético mantener atada al mundo por la mano del hombre la vida que no administra el hombre. Soy hija de los que montan mundos paralelos para escapar de la velocidad del mundo que nos toca vivir, haciendo de lo virtual el refugio y de lo real el castigo. Soy hija de la sociedad que desafía a Dios queriendo ser Dios, que nunca escuchó las palabras de un santo Manuel y Mártir sobre la montaña de sus vanidades.
Soy hija, don Miguel, de trenes que pasan tan deprisa que te impiden ver el paisaje. Trenes que cruzan como flechas los campos, ajenos al placer de cada ciclo, de cada ofrenda. Trenes repletos de individuos individuales que echan mano de su teléfono o de su ordenador para encontrar la excusa perfecta de no conversar con el vecino.
Soy hija, don Miguel, de los videojuegos y las videoconsolas que impedirán que los más pequeños sepan lo que es ensuciarse los dedos de arena y barro jugando a las canicas y al clavo; de las ‘Wii’ que no suplen los latidos acelerados, el sonido de la cuerda de pita castigando el suelo, el salto, la velocidad de los juegos de comba en el recreo, el sudor limpio de las carreras infantiles por las calles.
Y yo le envío esta carta, don Miguel, por si de algo sirve limpiar de culpas la conciencia y lavarla en el viento. Por si de algo sirve escribirla en rojo en la piedra, para que sea la misma piedra –medieval, maciza, eterna– la que le devuelva su esencia.