TOROS
Víctor, matador de toros
Última actualización 30/06/2007@00:00:00 GMT+1
En una vitrina expuesta en la bodega del domicilio de Víctor Manuel Martín ‘luce’, orgulloso, el vestido blanco y oro que estrenó la tarde del 29 de junio de 1967, la misma donde Paco Camino lo hizo matador de toros en la plaza Monumental de Barcelona, en una ceremonia testificada por Manuel Benítez ‘El Cordobés’.
Han transcurrido exactamente 40 años, la vida ha dado muchas vueltas y ahora ese castellano viejo y afable caballero que se llama Víctor Manuel rememora aquella tarde.
Maestro, enhorabuena.
Muchas gracias hombre, pero cuando llegan estos aniversarios es la señal de que el tiempo pasa y me voy haciendo mayor.
¿Qué recuerdos le trae este día de San Pedro?
Muchos, pero sobre todo el de una etapa muy bonita de mi vida, donde viví unos acontecimientos que jamás se me olvidarán.
¿Se siente orgulloso de su pasado como torero?
Si, desde luego que sí. Fue algo que me marcó para siempre y quieras que no, aunque hayan pasado tantos años desde que me retiré y estoy al margen de la Fiesta, pues me dedico a otras ocupaciones, el toreo siempre está presente.
¿Lo más importante que puede suceder en la vida es ser torero?
Si lo has querido ser, sí. Pero también hay otras cosas muy interesantes y bonitas con las que poder disfrutar y ser feliz.
Para que las nuevas hornadas de aficionados sepan cosas de usted, ¿cómo era su interpretación torera?
A mí gustaba el toreo puro, clásico, el serio y profundo.
Usted tomó la alternativa con mucha fuerza y desde allí salió camino de todas las ferias en medio de una época muy importante, ¿no le asustaba torear cada tarde al lado de aquellos colosos?
Sí, la verdad es que sí, sobre todo para un chaval como yo. Pero toreé con las figuras de esa época, con las de los 60, que ya estaban y con los que reaparecían, como Luis Miguel Dominguín, El Litri... Pero yo estaba cumpliendo mi sueño, por lo que luché y me parecía que estaba en una nube.
¿Con quiénes toreó?
Pues sólo en mi año de alternativa toreé un total de 17 tardes con El Cordobés, 8 ó 10 con Paco Camino. Otras pocas con El Viti, con Puerta, con Ordóñez, con El Litri, con Ostos, con Mondeño... No veas, en cuanto veían que llegaba uno nuevo, enseguida intentaban quitarle la cabeza en el ruedo. Ellos no se dejaban comer el pan y defendían su puesto de figuras con uñas y dientes.
¿Qué toreros conformaron su hornada?
Una baraja muy buena. Por ejemplo Ángel Teruel, Miguel Márquez, Manolo Cortés, Palomo Linares, El Inclusero, Paquirri, Flores Blázquez...
¿Cómo lo trataron en Salamanca?
Bueno... Aquel año de la alternativa toreé con Camino y Paquirri, le corté dos orejas a un toro y no volví a torear en La Glorieta hasta la Feria de 1975. Aunque antes, un domingo de Resurrección toreé una corrida concurso con El Viti y otro torero, que creo que era José Luis Barrero.
¿Toreando en las ferias y lo ignoran en su casa?
Sí, así fue. Tras triunfar y torear en todos los lugares, con una puerta grande de Las Ventas incluida, ya no volví hasta el año 1975, donde compartí cartel con Capea y con Robles.
¿Y eso?
No era como ahora, que los toreros van un año, al siguiente, luego al otro. Con aquellos torerazos se te iba un pie y adiós, además había muy pocas corridas.
Entonces no se sintió profeta en su tierra, ¿no?
Eso sí, profeta sí me sentí. Sobre todo porque cuando toreaba en La Glorieta siempre triunfaba.
¿Cómo era la crítica de su época?
Muy distinta a la de ahora, sin tanto despliegue. A mí en Salamanca no me hicieron una entrevista ni cuando salí a hombros en Madrid. ¡Cómo han cambiado los tiempos! No era poco que te metieran la reseña.
¿Y le trincaron mucho dinero?
Sí, en las ferias llegaban los de las agencias a por el sobre. Que si el de ‘Cifra’, el de ‘Logos’, el de ‘Mencheta’... Se iba un dineral por ahí. Luego, fíjate, en el año 1967 llego a un acuerdo con un popular periódico, donde se le pagó tanto para que hubiera amplia difusión de mis corridas, pero entonces reapareció una gran figura y él acaparó todo.
¿Y en Salamanca?
Era muy distinto. No tenía nada que ver con lo de ahora. Mira, la primera vez que publicaron una foto mía en un periódico de Salamanca creo que me costó 3.000 pesetas. Era un foto en el campo y se buscaba la finalidad de que la gente me viera.
¿Le sirvió?
Sí, porque me salió apoderado.
En sus días de mayor expectación recibió muchos elogios y se decía que Paco Camino, ante su calidad torera manifestó: «ese patas largas tiene mucho peligro».
No, yo nunca la escuché. Realmente esa definición la dijo en el Restaurante Valencia. Al menos fue lo que me dijo a mí alguien que lo escuchó.
Ahora, con el recuerdo de esta fecha redonda surgirá en su recuerdo el nombre de su entrañable picador Millán Sagrado, ¿no?
Claro (los ojos de Víctor Manuel se enrojecen ante la emoción del amigo muerto). Siempre estuvimos juntos y hablé con él más que con mi padre. Fue mi compadre, mi gran migo y además hasta acabamos juntos trabajando en el Clínico.
¿Fue muy duro cuando dejó definitivamente el toreo y se marchó a trabajar al Hospital Clínico?
Duro, no. Fue durísimo, pero tenía que mirar hacia adelante, pues tenía una casa que defender y una hija que mantener. Además, te digo con orgullo que muy pocos toreros, cuando se les acabó su carrera se pusieron a trabajar.
¿Es feliz?
Sí, muchísimo. En mí persona no existe la amargura, ni el resentimiento. Soy un hombre muy feliz, todo ellos gracias a la maravillosa familia que tengo.
¿Qué siente cuando en su actual trabajo ahora, antes el toreo, siempre en la calle, todo el mundo que lo conoce después lo define con un montón de elogios, sobre todo el de que es un caballero?
Cuando se acaba la vida artística queda la humana y al final acabas recogiendo lo que has sembrado. A mí eso me da mucha grandeza y en mi trabajo si se puede ayudar a alguien, ahí estoy yo.
¿Donde casi nunca se le ve es en los ambientes taurinos, ¿a qué se debe?
No voy nunca. No frecuento los ambientes taurinos. Cuando me retiré dije que hasta aquí hemos llegado. Además, si soy asesor de la plaza de Salamanca, no está bien que uno ande de merienda, porque pierde rigor y no puedes ser honesto e imparcial. Además, mi peña taurina sigue existiendo, lo que para mí es un orgullo cuando nos juntamos, pues es una gente maravillosa.
¿Cómo surgió lo de ser asesor taurino de La Glorieta?
Estaba ya retirado y lejos del ambiente taurino. Entonces, como Evaristo Elorza estaba ya muy mayor, un día me dijo Pedro Hernández Anaya, que era el del Registro de Sequeros y muy amigo mío, que iba a echar una instancia para que me hiciera asesor y así empezó.
¿Que le ha llamado la atención de ese puesto?
Pues que el principio todos los mozos de espadas te intentaban meter dinero en el bolso. Yo me negué a todo eso y puedo decir que en Salamanca acabé con el ‘trinque’ de los asesores. Por eso, cuando conocí todo el percal dejé de acudir a los sorteos.
¿Puede influir mucho el asesor?
Sí, claro. Una oreja, dejar un toro en el ruedo. Claro que tiene influencia.
¿Sigue el día a día de la Fiesta?
Sí, sigo el toreo, porque tengo la llamada de la afición y admiro lo bueno. Sobre todo a través de la televisión, donde no me pierdo ninguna corrida.
¿Se torea actualmente mejor que nunca?
Hoy se torea mejor. Más bonito, pero con más ventajas que, por ejemplo, en mi época. Y desde luego que quien tiene ‘ángel’ siempre sale. Lo que antes había era más pureza y más verdad. El toreo, al igual que la vida ha avanzado y hay que aceptarlo como tal.
¿Y de los actuales quién lo levanta de la silla?
Morante de la Puebla.
¿Qué le parece la vuelta de José Tomás?
Muy bien. Pero hay que aclarar que quienes ahora lo hacen un dios, hace cinco años lo echaron del toreo. Él que es un hombre muy listo sabrá medir su techo. Pero es un gran torero, aunque en el toreo está todo inventado.
Que reapareciera en Barcelona, ha sido muy importante, ¿verdad?
Muchísimo. No podemos imaginar cuánto. A la Fiesta le ha hecho un favor impagable, como en su época le hizo El Cordobés.
En su vida torera, la plaza de Barcelona, es muy especial, ¿cuándo toreó por primera vez allí?
Debuté en febrero de 1967, triunfé y después toreé 6 ó 7 novilladas más. Además de Zaragoza, que también la llevaba Balañá. Entonces, la Monumental de Barcelona, en cualquier novillada se cubría media plaza, tanto de gente de allí, como de otros que habían emigrado. Era el caso de andaluces, extremeños, muchos salmantinos.
Y luego de matador, más, ¿no?
Sí, fíjate que a la hora de tomar la alternativa, don Pedro Balañá me preguntó que con qué torero quería tomar la alternativa y entonces le dije que con Antonio Ordóñez y El Viti, pero al final pudo organizar ese cartel. Entonces, Pedro Balañá, que acababa de hacerse cargo del testigo de su padre siempre me decía que si aprendía a matar sería un figurón del toreo.
¿Era la espada su cruz?
No es que fuera, pero pinché muchos toros sencillamente porque no me tiraba.
¿A qué toreros admiró?
Sobre todo a Antonio Ordóñez y Santiago Martín ‘El Viti'.
El Viti además de su tierra, ¿lo motivaba mucho?
Santiago ha sido un figurón. Un coloso al que tanto admiré. Ahora, mantengo una gran amistad con él, cercana a la familiaridad, porque fue tan grande como torero, pero todavía es mucho más como persona.
Maestro, remontándose a sus principios, ¿dónde comenzó su afición?
Todo empezó una tarde que fuí a la plaza de Salamanca a ver un festival donde toreaban El Viti y Antonio de Jesús. Aquello cambió mi vida, ya no quise ser otra cosa y se perdió un cura para ganar un torero.
¿Cómo que se perdió un cura?
Sí, porque estaba estudiando para cura en los Legionarios de Cristo.
¿Usted es salmantino?
Bueno, nací en El Cubo del Vino, un pueblo de Zamora, pero enseguida nos vinimos a vivir a Salamanca.
¡Qué gran tierra, Zamora!
Sí, aunque de torero ya me hice aquí.
¿Quién fue su maestro?
Me considero autodidacta, aunque trataba de aprender de quien me gustaba o creía que ésos eran los pasos que debía seguir entonces.
¿Dónde entrenaba?
En Educación y Descanso. Allí iban los hermanos Girón, Dámaso Gómez, Amadeo Dos Anjos... y todos los de aquí.
¿Disfrutó algún año de la aventura americana?
No, un año teníamos hechas varias ferias de América, pero en Zaragoza, en la Feria del Pilar, un toro me cogió y me partió una mano, con lo que estuve varios meses parado. Fue una pena porque todo el mundo me decía que en esa tierra mi toreo hubiera encajado muy bien.
¿Qué le faltó a Víctor Manuel para consolidarse como figura?
Sobre todo ambición, a mi faltó ambición. Cuando toreé en las ferias creí que mi sueño estaba cumplido y me dormí.
¿Cuál fue su tarde más desafortunada?
Un día que toreaba en Aranda de Duero con Paquirri y Ángel Teruel. Ellos banderilleaban, llegaban enseguida y yo tuvo una tarde nefasta, tan mala que hasta quisieron volcarme el coche.
¿Y la mejor?
La de la alternativa, también el día que salí a hombros en Madrid cuando le corté dos orejas a un toro del Pizarral. Eso fue tremendo y es lo más importante que le puede suceder a un torero, pues la Puerta Grande de Las Ventas pesa mucho y es algo que engrandece tu carrera profesional. También cuando triunfaba en Salamanca.
(En la bodega de su residencia está su recuerdo toreo. Allí hay decenas de fotos con los grandes maestros de sus época, con otros personajes populares, también una vitrina con vestidos de torear, el juego de espadas e infinidad de recuerdos; luego, en el lugar más privilegiado la cabeza disecada de un toro. Se trata de la cabeza del toro del Pizarral al que le cortó las dos orejas en Madrid).
¿Qué momento recuerda con más amargura?
Cuando una persona, concretamente un gran amigo mío, me quiso ayudar, coincidiendo con mi reaparición y lo engañaron miserablemente.
¿Y el más doloroso?
Cuando un toro mató a José Falcón. Era un gran amigo mío y dos días antes de torear en Barcelona estuve cenando con él, junto a nuestras mujeres. Fíjate, de ese día hay cosas que luego, cuando murió, parecían profecías.
¿Cómo se enteró de su muerte?
A la mañana siguiente llegó una vecina a casa y nos dio la noticia. Fue tristísimo, por la cercanía humana que existía entre los dos.
¿Toreó con muchos más compañeros que cayeron en el ruedo?
Desgraciadamente sí. Yo toreé varias veces con el canario José Mata, muchas veces con Paquirri, también con Joaquín Camino y hasta una tarde con Pepe Cáceres.
¿Y Julio Robles?
Sí, claro, también toreé con él y vivo muy cerca la etapa entre el percance y su muerte debido a mi trabajo en el Clínico. Fue un gran amigo y muy buen torero.
Bueno, maestro, vamos a cambiar de ‘aire’ y a hablar de cosas mejores. ¿Quién es el torero de más arte que vio?
Morante de la Puebla.
¿El de más valor?
Pedrín Benjumea.
¿El de más capacidad?
Diego Puerta, ¡cómo se arrimaba!
¿Una ganadería?
La de Antonio Pérez, de San Fernando. En mi época de seis embestían cuatro o cinco.
¿Qué lugar de los que viajó no olvidará jamás?
Las Islas Canarias, donde estuve varios meses, en una pintoresca aventura, con motivo de unas actuaciones en Tenerife.
¿Qué le distrae?
Lo que más, los caballos, que es un animal que me encanta.
¿Cuál es su cartel ideal?
Ordóñez, Camino y El Viti.
Cuál fue su mujer contrato?
El 18 de marzo de 1953, que fue cuando me casé con Julia, en La Clerecía.
¿Y su mayor éxito?
Tener a mi hija Arancha, que es por la que gira toda mi vida.
Aparte de su faceta como matador tuvo una incursión como apoderado cuando estuvo al frente de la carrera de Javier Clemares, ¿cómo fue?
Yo no fui apoderado, mi labor fue la de mánager y fue muy interesante. Recuerdo que como apoderado le puse a un hombre que después ha demostrado ser uno de los taurinos más inteligentes.
¿Quién?
Toño Matilla, el hijo de Teodoro Matilla.
Con El Niño de la Capea, también toreó, ¿no?
Sí, varias tardes y es un hombre al que admiro muchísimo. Recuerdo que en 1975 me dejó su coche y el talonario de gasolina. De él destaco su casta y amor propio. En Salamanca, un día toreando conmigo, concretamente la corrida de 1975 recuerdo que yo corté una oreja. Robles había cortado otra y salió Capea y se dejó pegar un cornalón fruto del amor propio para triunfar. Es un hombre de categoría, pero en la plaza no se dejaba comer la partida por nadie y siempre salía a triunfar.
Bueno, maestro, pues ha sido un placer hablar largo y tendido con usted. Que celebre muchas más efemérides.
Gracias a vosotros.
Con la noche caída, la luna extiende sus rayos plateados sobre la urbanización de Peñasolana cuando abandonamos la residencia de Víctor Manuel Martín, quien acude a la puerta a despedirnos. Tras decir adiós y emprender la marcha queda el recuerdo de un caballero, de un hombre de bien, que hace ahora 40 años, con su elegancia en el ruedo y su toreo clásico, fue la ilusión taurina de esta tierra